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miércoles, 17 de julio de 2019

#36

Ella se echó hacia atrás. Tenía un pedo de la leche y sólo podía ver su rostro entre las tinieblas de la noche. Un rostro que le hubiera gustado volver a ver de verdad, no en los recuerdos difusos de la noche y el alcohol. No había podido sacarlo de su cabeza y sabía que no podría.

Y allí estaba su rostro de nuevo, envuelto en las lágrimas que se asomaban de sus ojos; como si tuviera niebla que le rodease. Le echaba tanto de menos. Como el rizo que se le formaba en torno a los labios cuando hablaba o fumaba. Parecía tan absolutamente real que daba miedo.

–Estás aquí de nuevo –señaló ella–. Una nueva visión de lo perdido. ¡Qué gracia!
–¿De nuevo?
–Sí. Siempre te da por aparecer en mis momentos más sensibles.
–Creo que es la primera vez que vuelvo a verte desde entonces.

Se quedó perpleja ante la contestación de él. Su visión le había estado acosando tanto que no se daba cuenta de que él estaba allí de verdad.

–Tú… –ella no pudo evitar a echarse a llorar, mientras la gente la observaba esperando al autobús. Todos los sentimientos que creía rotos no podían evitar que se sintiesen florecer desde las entrañas de su cuerpo–. ¡Dioses, te he echado tanto de menos!

–Yo también lo he hecho –respondió él, acercándose despacio. Ella se puso de nuevo recta y se tiró sobre él con un abrazo; un abrazo que podría haber triturado espadas y traspasado escudos; un abrazo del que nadie podría separarla.

–Dioses, he querido escuchar eso tantas veces… He deseado tantas veces que estuvieses aquí, a mi lado. He deseado tantas veces volverte a ver, tocarte y verte sonreír. He echado de menos tu olor, tu tacto y hasta tu forma de caminar.

Se quedó callada porque se daba vergüenza. Se separó y no pudo evitar mirarle de nuevo, con el rostro lleno de alegría.

–He estado esperando a que tú dieses el paso, a que te acercases a mí…
–Yo he echado de menos pronunciar tu nombre.
–Hazlo. Di mi nombre.
–Raúl.

lunes, 14 de mayo de 2018

#35

Me encontraba escondida en el baño, no podía dejar de sentir la palpitación de las sienes. Un pinchazo que recorría todo el cráneo y sólo podía masajearme con delicadeza para intentar minimizarlo.
Estaba dolorida y enfadada por cómo se comportaba conmigo. ¿Es que había hecho algo y no lo sabía? ¿Por qué no lo hablaba conmigo de cara? No lo comprendía. Aunque eso era lo que más me llamaba más la atención de él, era un jodido enigma y yo quería abrir la caja de Pandora.
Oí la puerta abrirse, lo que hizo que me agachase más en el retrete en el que me había escondido para poder desahogarme a gusto, aunque luego pensé que sería mi superiora, buscándome para que continuase con mi trabajo así que me puse en pie para enfrentarme a lo que me tocase. Alcé la mirada pero sólo pude ver el marrón leonado que tenían sus irises tras las gafas de pasta.
—¿Qué haces aquí? —alcé las cejas, confusa.
¿Por qué mi corazón latía tan deprisa? Podía notar que la sangre se arrebolaba en mis mejillas, tiñéndolas de un rojo intenso. ¿Por qué seguía sintiendo esas cosas por él? Me había rechazado de varias veces de tantas maneras como para aguantar que lo hiciese de nuevo, no tenía la cabeza para aceptarlo como una adulta.
No respondió a mi pregunta. Se acercó en dos pasos y mis piernas empezaron a temblar, flaqueando. De nuevo, allí estaba ese poder que tenía conmigo.
—No te acerques más. ¡Por favor!
Pero mi petición no pareció afectarle de ninguna manera y no se detuvo. Tan pronto como estuvo a mi altura, se detuvo, frente a mí. Otra vez la misma situación que me paralizaba pero no quitaba mis ojos de él, estaba tan hipnotizada por sus leoninos ojos... ¡Un misterio impenetrable!
Me agarró de las muñecas, a pesar de que sabía que no pondría resistencia de ningún tipo y me besó. Un beso cargado de algo que me sorprendió: un beso dulce, sin sensualidad, sin química. Sólo sus labios contra los míos y una emoción que crecía dentro de mí, cálida y excelsa. Al parecer, como no opuse resistencia, él me soltó.
Hundí mis dedos finos en su pelo corto oscuro y le pasé el otro brazo por detrás del cuello ansiosa porque el beso no se rompiese, no quería dejar de sentir todo aquello que me inundaba; quería sacarlo todo, no quería quedarme con los sentimientos dentro de mí, que todo se desbordase.
Me iba a hacer daño. Ya lo sabía. Pero no podía dejar que se escapase y dejar el hueco que él estaba llenando, vacío de nuevo.
Sabía que no iba a apostar por mí, yo sólo era una niña estúpida, pequeña e inmadura a su lado y estaba segura de que él no quería nadie así a su lado.
Mientras plasmo esto sobre este papel, me duele el pecho. Algo se agarrota y se destruye en mi interior pero que se volverá a expandir en cuanto mis recuerdos traigan su sonrisa de nuevo ante mí. También pienso en lo mucho que me hubiese gustado que hubiese apostado todo por mí. Incluso me hubiera dado por satisfecha con un «me gustas», no me hubiera importado que no me hubiese elegido. Me duele mucho más pensar que todo fue un juego estúpido.

lunes, 26 de febrero de 2018

#34

Estaba sentada de nuevo en el mismo sitio donde todo se arrejuntaba, donde mis sentimientos solían salir a pasear.
Miraba al cielo, buscando entre las brillantes estrellas una respuesta a porqué tanto dolor concentrado en el mismo punto.
El día anterior había sido San Valentín y yo había negado mis sentimientos, me había negado a sacarlos a la luz, no tenía sentido desvelarlos y sentir que todo se rompía, todo se desmoronaba. ¿Por qué me había tocado a mí sentirme de esta manera? Yo que era cobarde, yo que me escondía de los sentimientos tan profanos como el amor.
—¿Y qué se gana amando? —recité al cielo, mirando fijamente a la Luna.
Lo único que había ganado era sentirme descarnada, arrancada de mi propio ser cuando la respuesta era el rechazo. Porque, ¿quién iba a fijarse en mí? Era enteramente mediocre y no relucía para nada; si pasaba al lado de alguien era enteramente invisible. Ni yo misma me fijaría en mí. ¿No era mejor morirse a secas? Total, yo ya era un fantasma. ¿Cuántas veces más me tocaría disfrutar de los dolorosos golpes de la vida?
Y ahora me tenía que enganchar de él, de mi jefe, de un hombre que me sacaba el doble de mi edad y el cual tampoco me percibía. Cupido es tan caprichoso...
Me llevé una mano al pecho y comencé a sollozar con fuerza, la vida era tan jodidamente ruin...
Sentía que no sólo el pecho me dolía, sino cada movimiento, cada latido, cada sollozo; dolía en lo más profundo de mi cerebro, dolía en lo más profundo de mi alma; algo dentro de mí se rompería tarde o temprano.
Lo peor era acabar necesitando hablar con él, aunque fuera para lo justo, aunque fuera para recibir una regañina; el mínimo contacto para conmigo era una fuente de placer y excitación que sólo debían sentir los perros frente a su amo. Cada día, saludaba y luego me acercaba a llevarle el café, hacer una charla banal y, al volver a mi sitio, me sentía totalmente eufórica. Así era mi juego, así volvía a rascarme la cicatriz.
Sin embargo todos sabemos que una herida no curada, puede llegar a enquistarse y, en la oscuridad de mi cuarto, todo supuraba desde esos sentimientos podridos. Quería ser más, quería ser mejor, quería que se fijase en mí, pero ya sabía que eso no pasaría. Así paso las noches, haciendo que todo supure para volver a arrancarme la cicatriz.

sábado, 24 de febrero de 2018

#33

Máscaras. Arriba. Abajo. Reclina el cuerpo y tiende la mano al desconocido que, muy posiblemente, conozcas.
La música para. El desconocido se desenlaza de tu mano.
La música empieza un nuevo ritmo. Alguien se te acerca, reclina su espalda y pide tu mano para bailar; no puedes ver mucho más allá de lo que te dejan las rendijas en sus ojos pero no te niegas sintiendo la mirada reprobatoria de tu madre porque te vas a escaquear.
—¿Os encontráis bien?
—Oh, sí. Sólo encuentro irritante nuestra actividad.
—¿No os gusta bailar?
—Por supuesto —respondes inmediatamente aunque sabes que lo odias y odias los callos de los pies, el dolor de tanto movimiento sin descanso e, incluso, los músculos gritan del dolor—. No hay mayor diversión en mi gozo; sin embargo, un descanso me vendría muy bien para relajar a mis pobres pies.
—Entonces, dejad que os saque de la sala para que disfrutéis de aire y ese descanso que tanto merecéis.
Tira suave y delicadamente de ti, haciéndote sonreír tímidamente ante la perspectiva de salir de tu infierno personal.
El balcón, el recurrido escenario de amor en demasiadas ocasiones y aun así es tan efectivo... Porque, por supuesto, tú estás. cayendo como cae ahora su máscara y puedes verle por completo.
La luz de la luna hace que resalte su rostro y una cicatriz en la barbilla; quizá no demasiado grande pero sí lo suficiente para afear el rostro del desconocido.
No sientes miedo, no sientes asco. Sientes una sonrisa de alivio porque él también es imperfecto y agradeces que te haya sacado de ese lugar horrible.
—Lo siento si no soy lo suficientemente guapo para vos.
Te echas a reír sin ninguna consideración a la dignidad del caballero.
—No seáis estúpido. Seguís siendo bello. Seguís llamando la atención de las jóvenes damas -dices como si fuese verdad, aunque has visto que así es.
—Al parecer os hago gracia u os burláis de mí.
—Me burlo de vos con todas mis ganas -contestas altamente bromista.
—¿Y de qué os réis?
—De que penséis que la gente se fija en esa pequeña marca.
Te quitas la máscara, pudiendo descubrir el secretismo, el misterio bajo aquella careta de porcelana.
—Veis porqué me reía de vos.
Y, como te ha prohibido tu madre que hagas, muestras la enorme cicatriz desde la ceja hasta la mitad de la mejilla.
—¿Por qué creéis que los bailes en mi casa son siempre con máscaras?
Esperas su cara de asco, una mueca que frecuentemente has visto, sin embargo ya no importa cómo te miren.
Pero no hay cara de asco y te sorprendes con absolutamente grata de un rostro que no se aflije de que no poseas una cara de porcelana y la que llevas entre los dedos se escapa sin que puedas hacer nada por evitarlo pero no se rompe, solamente se agrieta y tú te ríes porque hasta las máscaras que deben esconder tu cicatriz tienen las suyas.
—Puede que ya os lo hayan dicho pero sois hermosa; más de lo que nadie pueda ver. Y si se fijan en eso —señala su cicatriz—, es que no merecen ni estar a vuestro lado porque tienen el corazón podrido y amargado, tanto como las viejas solteronas que han perdido su amor en la claridad de sus días, incluso ellos que remarcan lo fea que os queda esa cicatriz no merecen ser comparadas con esas pobres ancianas que quedaron aletargadas en amar, pues son peores y más villanos.
Sí, te acaba de decir que eres bella, que no importa cuan grande sea tu cicatriz porque lo seguirás siendo a pesar de los problemas.
—Además, quedáis más exótica con un ojo blanco y otro dorados. El amor del Sol y de la Luna se refleja en vuestra mirada y en ella ambos están juntos, disfrutando de esa unión que tú le has proporcionado.
—Con palabra de romántico poeta habláis si bien mirarme no podéis.
—Yo no os miro, os contemplo, os absorbo por mis ojos para no olvidar la imagen que dais. Esa seguridad con la que hablabais mostrándome tan cruel cicatriz —los ojos se le iluminan y tú puedes verlos—. Vos demostráis que no hay que estar completo para sentirse realmente bien con uno mismo y sois un ejemplo a seguir.
¡No! No bajes la mirada, no pierdas de vista sus ojos azules. ¡No! ¿Qué haces? ¿Estás loca? Alza la mirada, siéntete orgullosa de lo que eres. ¡Que no! ¡No te mires a los pies!
—Cuando era niño y me hice esta cicatriz, los hijos de los vecinos, los hijos de los amigos de mis padres se reían de mí. Me decían que jamás podría lo que mis padres tenían previsto para mí; que buscarían un nuevo heredero para que heredase la fortuna familiar. Pronto, hubo noticias de que mi madre se encontraba en cinta y fui presa del terror, de que ciertamente habían decidido que no merecía la fortuna familiar. Me sentí irremediablemente dolorido porque mis padres no confiansen en mí por muy feo que fuera.
»El día del parto llegó y el fruto que salió de ella fue mi hermana Lousiana. Agradecí a Dios por no dar a mis progenitores un hijo varón. Ahora me doy cuenta de que eran unas oraciones altamente egoístas. Y claro que pregunté a mis padres por su necesidad de tener más estirpe. Su respuesta fue harto sorprendente para mí: querían que su querido hijo mayor no se sientese solo ni alicaído. Mi madre tomó mi mano fuertemente y sonrió: "Sólo queremos verte reír, cielo".
Su historia te parece harto interesante y, para animarle, vuelves a sonreír con fuerza.
—Ahora sé como se llama vuestra hermana y la historia de vuestra cicatriz pero, ¿y para cuándo vuestro nombre?
Se inclina hacia a ti, el recorrido va desde su posición a tu oído, susurrante abre la boca y deja que si nombre brote de sus labios:
—Yo soy Derek.
Te parece un nombre bello, quizá demasiado. ¿Y el tuyo no lo es tanto? Quizá cuando lo oiga quiera salir corriendo y diga que pega con tu monstruosa cicatriz. Mejor no se lo digas pues esa es su próxima pregunta.
Estás pensando que igual ya lo sabe pues está en boca de tantos: la niña que quiso vivir con los lobos. La niña que quedó ciega de un ojo por jugar con cachorros de lobo.
—Espero el tuyo —susurra con voz seductora.
—Agathés —respondes tragando saliva—. Agathés, niña de los lobos.

martes, 11 de octubre de 2016

#32

Se levantó en mitad de la noche, parecía inquieta.
El enorme ventanal que había en mi habitación con las luces de las farolas que venían de fuera, recortaron su figura desnuda; con el pelo agitado como la melena de un león, se sentó en mi silla para luego volver a levantarse, dirigirse a algún lugar de mi pequeño estudio, abrió un mueble con un chirrido leve y tomó algo, volviendo poco después. En la mano llevaba un vaso de culo ancho con algo que identifiqué con alguno de los licores que reposaban en mi mueble bar; el color era ámbar aunque no podría decirlo con seguridad ya que las farolas con su luz anaranjada impedían ver todo de otro color que no fuese ese haz de luz tornasolado.
Por un momento, pensé en acercarme a su cuerpo desabrigado de las ropas que había poseído horas antes; pero me parecía tan etérea como un sueño; su rostro de nariz respingona salpicado de claridad anaranjada, con el vaso de cristal entre sus labios prominentes... ¿Quién podía decirme que la había poseído con todo mi ser?
Se giró hacia mí y me sonrió. Lo noté por un pequeño suspiro que salió de sus labios.
—Siento haberte despertado.
Moví la cabeza torpemente porque me había pillado mirándola desmedidamente.
—A veces, cuando llegan ciertas horas quiero hacer el amor o escribir.
—¿Y no querías despertarme para pedírmelo?
—No es eso. Aunque me has dado la excusa perfecta.
Oí su risa cargada de incredulidad.
—Ven a tumbarte conmigo; te haré que no desees escribir.
Ella dejó el vaso vacío sobre mi escritorio y se sentó junto a mí, acarició mi pecho con cariño y mimo; yo me embarqué en sus labios, cogiéndola de su cadera y atrayéndola hacia mi propio cuerpo. Tomé una pinza lila de mi mesilla (no recuerdo si era mía o de alguna otra visitante de mis sábanas), le recogí el pelo deprisa pero sin dejar mechones sueltos que me impidiesen el paso hacia su cuello. La arteria del deseo palpitaba cerca de mi entrepierna y deseaba saciar todo mi apetito, le mordí el cuello con la fuerza justa para que dejase salir un suspiro sensual de su boca; noté su sangre acelerarse y deseé que ella tuviese tal deseo como el mío. Deseaba a esa reina de la noche artificial ambarina. Deseaba que la arteria del deseo se hubiese puesto a palpitar dentro de ella también.
Pellizqué sus pezones con mis dedos deseosos, haciendo que sus pezones se pusiesen duros y también mordí uno de ellos; ella acarició uno de mis pezones con suavidad, besándome cuando mi boca estuvo libre y su lengua me exploró sin prisa pero tenazmente. Clavé mis dedos en su carne suave y blanda, haciendo que se acercase a mí aun más. Me desesperaba el hecho de que estuviese a una distancia que no me daba para jugar con sus piernas ni con su clítoris.
Finalmente, pude sumergir la mano en su pubis para hacerla disfrutar lo suficiente que noté como mi mano se mojaba con su excitación, lamí su cuello, pegando mi cuerpo a ella con necesidad de tener todo accesible para mí y mi deseo libidinoso; ella se dejó arrastrar a aquel torbellino que era yo. Mojé mis dedos dentro de su coño húmedo y di dos pasadas con mis dedos sobre su pequeño punto de placer; ella se retorció pero sin mover su pubis para nada y mordía la almohada. Esta vez hice círculos alrededor de su clítoris delicadamente, sentí otra vez el retorcimiento de su cuerpo al sentir placer.
La tumbé en mi cama y bajé de nuevo, aunque esta vez pensaba hacerle sentir ese intenso placer con la lengua: me sumergí entre sus piernas, saqué la lengua y lamí un poco la punta de su clítoris. Me gustaba hacerlas desearlo y con ella pensaba hacerlo igual. Di otro lametazo en su garbanzo y sus piernas se abrieron más para mí, dando la bienvenida a lo que sabía que era el paraíso; esta vez ya no paré, seguí lamiendo su precioso clítoris con mi lengua mientras los sucesivos gemidos de gozo iban en aumento, me cogió de mi pelo y me subió una de las manos a sus, aun más, duros pezones; sentía que la lujuria me estaba poseyendo y lo estaba disfrutando locamente. Poder saborear su entrepierna mientras ella se empezaba a derretir, mientras me pedía más, era más de lo que podía pedir a nadie. Sentí pequeñas palpitaciones y sus piernas empezaron a moverse en sintonía con lo que la hacía, me aferraba más fuertemente a ella, deseaba llevarla hasta el final.
—Venga, córrete para mí —le di un azote en el trasero.
Varios gemidos ampliados y, por fin, el gran acto final. Sentí como se estremecía con las mismas corrientes eléctricas que ahora me recorrían a mí, dejó sus piernas laxas y se alzó un poco en sus codos.
—Ha sido alucinante —me dijo en un susurro con matices de deleite. Le di una última lamida para despedirme de su pubis.

lunes, 9 de noviembre de 2015

#31

Estaba montado en aquel vagón de tren, mirando al andén; con la mirada perdida entre los paraguas que todos llevaban debido a la lluvia latigueante que no paraba de azotar a la ciudad. ¿Acaso se estaba vengando de mi marcha?
Entonces pensé en ella. Ella con un gorro rojo, ella con mi bufanda. ¿Volvería a verla con aquella sonrisa dibujada con exquisitez?

Volví a clavar la mirada en aquel trozo de cemento que se empapaba más con aquella tormenta. Con un relámpago, pude ver su figura; clavando sus ojos en mí, con ellos totalmente licuados, con su gorro rojo y mi bufanda al cuello. Estaba seria y yo sorprendido. ¿Qué hacía ella allí? ¿Por qué sabía cuál era mi tren? ¿Por qué no llevaba paraguas? Bajé del tren, aún le quedaba un cuarto de hora para salir de la estación.
—¿Qué haces aquí?
—Porque te ibas sin despedirte.
—Lo he hecho para no verte triste, tonta —le acaricié la mejilla y ella la agarró con fuerza. El cabello castaño se le empapaba bajo la cortina de agua, el gorro de lana se convertía de color rojo apagado y oscuro. Me atrajo hasta ella y me abrazó con fuerza, yo pasé mi mano por sus cabellos empapados—. Volveré antes de que te des cuenta, tontorrona.
Intentaba mostrar una actitud positiva para ella pero, dentro de mí, en lo más profundo de mi pecho, dolía cada latido; pobre corazón mío que sufre de mal de amores.
—Me da igual cuando vuelvas, sólo quiero que vuelvas.
—Prometo estar aquí antes de mayo. Mientras, lucha por nosotros, no dejes que tu corazón se canse de latir por mí.
—Sabes que no lo haré —me besó tierna y dulce, como siempre han sabido sus labios—. Sabes que tú eres cada latido que doy.
Entonces quise llevármela conmigo, sin importar nada de lo que me dijera la razón; quería meterla en cualquier lugar y llevármela. Sin embargo, sólo la abracé, estrechándola entre mis brazos con fuerza. No le dije nada más, las palabras sobraban entre nosotros, sólo la intensidad de nuestras miradas era necesaria. Mirarnos a los ojos y no olvidarnos de nuestros ojos; ojos avellanas que se clavaron en mi mente para no abandonarme nunca. Incluso, si ahora cierro los ojos, puedo verlos nítidamente a través de mis párpados; su juventud, su amor, su vigor y su fuerza.

Finalmente llegó el odiado pitido, el tren se marchaba y yo debía hacerlo; para bien o para mal. Mientras observaba sus lágrimas al otro lado del cristal, me prometí no volver a hacerla daño y volver lo antes posible. La quería. La quiero. La querré. A pesar de no haber cumplido la promesa que le hice.

domingo, 26 de julio de 2015

#30

Estoy mirando la infinidad del mar, extendido ante mí como una sábana de inagitable protección; aunque también me da por pensar si podría llegar a encontrarme con algún ser peligroso que espere a todos aquellos que se quieran meter en el agua a estas horas.
La batería de una canción, llenando el hueco de una persona a mi lado porque ha llegado un momento que he dejado de necesitar a nadie. Destruir todos los lazos y los vínculos que me unen a otros humanos se me antojó realmente interesante. ¿Cómo podría sobrevivir una persona con el único pilar que es su fuerza interior, su fortaleza? Aunque no me siento sola en absoluto.
De fondo tengo las estrellas que brillan en el cielo y que saludan a todos aquellos que los observan con detenimiento. ¿Cómo sería tener una estrella entre las manos? ¿Cálido? ¿O sólo sería un trozo de piedra? Me encanta imaginar que he adoptado una y tilila en mis manos calentando la sangre que mana por mi interior.
¡Pum!
Y el cielo no sólo brilla de forma extraña sino que explota, dejando que varios destellos de colores exploten en el pecho, un pecho enorme, de madre que desea abrazarnos y protegernos. ¿Cómo sería el universo como madre? ¿Cómo latiría su enorme corazón en la oscuridad? ¿Es verdad que el corazón de una madre explota de pura felicidad por sus hijos? ¿Serán las explosiones de colores?
Por un momento, deseo, aún a falta de estrellas fugaces, que haya alguien conmigo compartiendo este momento. Miro a mi lado por si veo a alguien pero no es así. Me río por lo bajo porque era un deseo estúpido a una nada que a veces late y explota como el corazón de una madre.

martes, 7 de abril de 2015

Duermes a mi lado y escapa el huracán de mi pecho.

La primera noche que dormí a tu lado, fue casi de casualidad.
Tu compañero de cuarto te había robado la cama de matrimonio que tus padres habían comprado, quería quedar bien con mi amiga aunque no necesitaba nada de eso puesto que ella le tenía ganas desde el comienzo de la noche.
—¿Te molesto? —preguntando con cierta incomodidad por el hecho de que estábamos en una cama individual—. Si quieres puedo dormir en el sofá, no me importa.
—No seas tonto —respondiste con las cejas aún mostrando el enfado que te ocasionaba pensar en tu compañero en tus sábanas—. Tú solo mantente quietecito hasta que termine el estúpido de Alberto.

Pronto, tu respiración se fue tranquilizando y me abrazaste fuerte, quedándote tranquila en tu media cama. Me gustaba la sensación que sentía mientras me encontraba entre esos brazos, sintiendo tus pequeños senos a través de la camiseta de algodón.
—Oye, ¿estás despierta?
—Mmmmf... A medias, ¿qué pasa?
—Es que me has abrazado y ni siquiera sé cómo te llamas.
—Pfff —resoplaste a medio camino entre un bufido minino y resoplido de toro bravo—. ¿Y para qué quieres saberlo?
—Curiosidad.
—¿En serio? —arrugaste la nariz entre las tinieblas rotas por algunos faros de coches—. En fin. Hola, me llamo Saray. ¿Ahora puedes dejar de dar la tabarra?
La verdad es que fuiste tan borde que me dieron ganas de echarte de la cama y mandarte al sillón; menos mal que tenía más autocontrol que ahora.
—¿No tienes curiosidad por quién soy?
—El pibe que no me deja dormir ni aunque mañana tenga que madrugar.
—Realmente eres una bruta —respondí realmente frustrado, pensando que no te gustaba.
—A ver, quién eres —volviste a resoplar.
—Soy Mario.
—Bien, Mario, ahora creo que es momento de que me dejes dormir.
Me giré hacia a ti, acabando con la cara pegada a la tuya. Sin decir una sola palabra, me acerqué y planté un beso en los encarnados labios que posees. Nunca lo había hecho pero todo con tal de que te dieras cuenta de que realmente deseaba estar en esa cama, contigo.
—¡Vaya! Haber avisado, Mariete.

La segunda noche fue meses después de la primera, reencontrándonos en un bar cualquiera de la ciudad. Tú bailando el rock de Metallica, con las cadenas, la falda y el pelo rebotando con cada saltito. Eras hipnotizante.
—Hombre, si es doña Déjame-dormir-pibe.
—Buenas noches, Mario.
¡Vaya! Sabías mi nombre. ¡Menuda sorpresa!
—Pensaba que me llamarías de todo menos por mi nombre.
—Hombre —te encogiste de hombros—, después de besarme y quedarte dormido, es normal. Nunca me había pasado que alguien al que le gustase hiciera eso —te echaste a reír—. Esta noche no está Alberto, así que podremos dormir más cómodos.
—Pero si ni siquiera hemos estrenado la noche.
—Sin embargo, prefiero que estrenemos mis sábanas nuevas, ¿o no te gusta el plan?
¿Cómo iba a decir que no?
Dejé que tirases de mí fuera del bar, me arrastrases hasta la parada del nocturno más cercana, te devolví un beso que me diste en aquella parada, me diste caricias, abrazos y risas. Habías cambiado pero no me importaba porqué. Sólo te quería ahí conmigo. Disfruté de cada entrega que me dabas.

La tercera fue en el momento en que decidí que si no me querías para algo más que los polvos ocasionales que disfrutábamos. Cierto es que era jugarme a todo a nada pero estaba deseándolo. Deseaba escuchar de tus labios que aceptabas la apuesta de que te amaba.
Y así fue. Así fue cómo empecé a compartir contigo la misma cama pero que no siempre era la misma.

Porque contigo siempre se duerme mejor

domingo, 26 de octubre de 2014

#28

Abrí los ojos.
La luz que entraba entre las cortinas abiertas me molestó, lo cual hizo que la zona marrón de mis ojos fuera más grande de lo normal; ¿a quién se le había ocurrido la genial idea de no echar las cortinas?
Me giré y a mi lado, sin que le diese un rayo de sol pero igualmente radiante, estaba ella y hubiera dado cualquier cosa porque los minutos se parasen ahí, justo ahí. En ese momento entre los velados sueños y los ojos abiertos.
Mientras sus ojos se quedaban fijos en mí mientras el esbozo de una sonrisa más que sincera se preparaba para recibirme al nuevo día, besándome con sus ojos verdes llenos de un amor incondicional, de una frescura forestal y un halo de misterio. ¿Qué podía contener detrás de esos ojos?
Miles de pensamientos que, deseo y confío, sabía que eran para mí.
Da igual si desaparecía durante semanas, si volvía a estar entre mis brazos.
Es verdad que quería amarrarla, ponerle una cadena al cuello y atarla; todo para que fuera mía.
Hasta que, un día, mientras dormía; le puse una cadena al cuello; la cadena que llevaba mi inicial.
Por un momento pensé que se molestaría, sin embargo fue al revés: se despertó, me abrazó y me besó. Finalmente, susurró:
—Deseaba que lo hicieras. Lo deseaba con todas mis ganas. Deseaba ser totalmente tuya.

sábado, 26 de julio de 2014

#27

Me desperté al notar, de pronto, la cama bastante más vacía y más fría.
Su largo pelo de colores no estaba haciéndome cosquillas en la nariz ni podía abrazar su cuerpo delgado.
—¿Irene?
El silencio me devolvió la pregunta en forma de eco quisquilloso y poco perceptible.
Se podría que salté de la cama con mis braguitas de colores chillones, me puse los vaqueros y una camiseta enorme que ella me había regalado.
—¡Irene! —llamé a voces.
Entonces vi su cresta multicolor marchándose parque abajo.
Intenté correr detrás de ella pero siempre se interponía alguien o algo. Yo estiraba el brazo lo suficiente para intentar alcanzar y tirar de ella para meterla entre mis clavículas, apretarla contra mis senos, allí donde había un hueco enorme por falta de un elemento. Ese que ella se había llevado con facilidad y ahora no sabía si quería recuperarlo.
Sé que pensé que sin ella, no podría a volver a sonreír con ganas.
Entonces, una mano agarró mi hombro y tiró de mí, escondiéndome y dificultando que llegase a agarrar a Irene.
—¡Irene! ¡Irene, no te vayas! —grité mientras esa persona me agarraba de la camiseta y de la sudadera—. ¡¡Te quiero!!
La persona que me había agarrado era su mejor amigo.
—Lo siento, Violeta —con la voz tan menguada que casi ni le oí—. Es momento de que se marche, de que vuele.
De mis ojos escapan lágrimas de rabia al verme tan rota y compungida.
Sabía que algún día llegaría ese día pero no quería que pasase tan pronto.

sábado, 29 de marzo de 2014

#26

Hacía mucho tiempo que había apuntado besar a alguien bajo la lluvia en la lista de tareas pendientes.
Allí frente a ella, estaba con la persona con la que había apuntado tantas cosas en aquel cuaderno: lista de tareas pendientes, diario, correos e, incluso, había pasado a limpio la carta recibida en Navidades.
A pesar de lo mucho que divagaba, ella sabía que él se encontraba frente a ella.
—¿Cuántas cosas has cumplido desde la última vez que hablamos?
—Hablamos ayer, Clara.
—Y yo que pensaba que habías venido a buscar novia —dice con una decepción aliviada.
—¡Qué va! Vine porque quería verte a ti.
—No digas eso, Víctor —tomó su mano para quitar hierro al asunto mientras sentía como su corazón se aceleraba ante las palabras que él le había dicho—. Vamos por aquí.
—¿Qué tal con tu novio?
Ella se encogió de hombros por toda respuesta.
Andaron cogidos de las manos durante un buen trecho, hasta una churrería de Atocha donde ella le convenció de parar.
—No están nada mal comparado con el precio.
Él sólo tres churros de la docena que habían pedido y justo cuando salieron, se puso a llover.
—Vamos o nos acatarraremos y no podremos disfrutar de tus últimos días aquí.
Pero, a pesar de lo que llovía, él la paró y acarició su cuello con moratones en él debida a las sesiones de placer que tenía con Carlos.
—¿Cómo te dejas hacer esto? —acarició su cuello con la punta de los dedos.
—Él es mi pareja. No puedo hacer nada más que acatar.
—Siempre has sido fuerte. No deberías dejarte hacer esto.
Ella se encogió de hombros e intentó seguir adelante pero la mano que agarraba su muñeca no le dejó seguir avanzando.
—¿Tú has cumplido algunas de las cosas que pusiste en la lista?
Ella negó con la cabeza gacha.
Entonces él la besó con ganas bajo la lluvia, cumpliendo uno de sus más deseados deseos.

martes, 26 de noviembre de 2013

#25

Ella estaba echada en la cama.
El alcohol le había afectado bastante, casi lo suficiente para solo soltar verdades.
Él se acercó a ella, se tumbó y acarició su rostro.
—¿Quieres algo?
—A ti —respondió parando su mano.
—Ya sabes que esto no va así —contestó él, levantándose de la cama y mirándola desde la esquina donde se había refugiado de los acusadores ojos dorados.
—¿Cuántas veces te vas a refugiar del amor? Ya sé que te hicieron daño —gritó ella al levantarse del colchón, haciendo que con su rabia las sábanas fueran al suelo. Unas preciosas sábanas de algodón en colores brillantes y coloridos—. ¿Te crees que a mí no?
Él se volteó con más miedo incluso. Ella se dispuso frente a él.
—¿Crees que no? —gritó ella y saltó por encima del colchón ahora desnudo. Cogió algo de los cajones y se lo enseñó—. ¿Crees que esta niña nació sintiendo que no era más que un trozo de carne?
Se acercó para mirar de cerca la foto. Era ella, de niña. Sonriente, de ojos miel y pelo castaño claro.
—A mí también me han roto y aquí sigo, poniendo todo el corazón en el asador para que alguien me lo rompa, para que alguien como tú me haga daño. Y seguiré poniéndolo porque deseo que el amor llegue a mi vida a pesar de lo que duele.

lunes, 25 de noviembre de 2013

#24

Estaba en la barra.
OneRepublic empezó a sonar.
Mi mente dejó de ver oscuridad cuando la bola de discoteca empezó a lanzar destellos a cualquier esquina de la discoteca. Me giré hacia la pista de baile. Muchas parejas desperdigadas bailando como si no hubiera un mañana. Pensé que yo sobraba entre todas aquellas parejitas... Pero ella tomó mi mano, su pelo morado cambiaba de tonalidad según el reflejo de la bola de cristal.
La miré fijamente y en ella descubrí unos infinitos ojos verdes que se extendían más allá de su cabeza, de los nervios ópticos hasta su alma, donde pude ver la libertad reflejada en sus pupilas; una libertad que deseaba enjaular en el borde finito de mi cuerpo.
—¡Vamos! —me indicó con una sonrisa—. ¡No deberíamos perdernos la mejor parte de la canción!
—¡¿Es aquella en el que la batería da lo mejor de sí?!
Se encogió de hombros.
—¡¿Me vas a dejar con la duda toda la noche?!
Negó con una sonrisa pícara.
Cuando un poco de luz le dio de pleno, me di cuenta de que no tenía piel perfecta, que la raya se había corrido bastante y que el pintalabios rojo estaba desgastado. ¿Se habría besado con otra? Agarré un mechón de pelo violeta y lo entrelacé entre mis dedos.
No, no era perfecta pero estaba allí, animándome en una noche que lo necesitaba.
Notó que la miraba y volvió a vestir la sonrisa pícara con el piercing en el centro del labio; bailando delante de mí, disfrutando de cada vez que mi mirada se posaba en algún punto de su anatomía. Por fin me atreví a poner las manos sobre su cintura, moviéndome como mi nulo sentido del ritmo me permitía con más de un par de copas de más.
De pronto, el ritmo de la canción se hizo más rápido para que llegase el estribillo. La oí tararearlo cerca de mi oído, haciéndome sonreír.
—If I lose myself tonight... -cantaba y cuando iba a seguir, me besó, dejando mis pulmones sin aire. Llenándolos con su cálido aliento. Sentí algo que dentro de mí se estremecía, como si perdiera fuerza en mis piernas y en mis músculos.
—Si me pierdo esta noche, quiero que sea contigo —me confió en un susurro cerca de mis labios al soltarse del que fue un beso renovador de energía.
Yo también quería perderme con ella, entre los mechones de su pelo morado, en los rincones de sus labios y mordisquear el piercing que había en ellos. Quería hacerla mía esta noche y, posiblemente, mañana también.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

#23

Listen!

¿Qué se puede sentir cuando te has vuelto a romper?
¿Cuándo eres la única que te mantiene en pie?

A veces, mantenerte en pie no basta. No sirve.

Tocaron a su puerta mientras sus pensamientos divagaban de tales maneras.
Se había escondido entre las sábanas de su cama, bajo un edredón que olía a hogar y un colchón que quisiera compartir. Un colchón que se había quedado vacío.
Por su mente pasaban mil cosas.
Estaba colocada con los pies en la pared y la cabeza vuelta del revés, como siempre pensó de pequeña que caminaban los del otro lado del Ecuador. Ahora sabía que no era así.
El conocimiento había matado su inocencia.
Las heridas mataban su ilusión.
Cada vez era más difícil volar lejos de casa, cada vez era más difícil abstraerse de una realidad que la asfixiaba. A veces, sus pulmones se negaban a respirar, dejando que se ahogase.
Por supuesto, esta vez, era parecida, había perdido la capacidad de respirar mientras la sangre de un corazón roto bajaba a la cabeza y se acumulaba, dándole una pequeña jaqueca.
Por supuesto, junto con la sangre del corazón roto, viajaba el dolor. Un dolor que escocía en los ojos y los hacía sangrar, un sangrado que ya casi no dolía.
Y un bucle de una sola canción triste en sus oídos.
Siempre la misma.
Esta mañana tenía fuerzas para comerse el mundo entero para levantarse pronto.
Ahora estaba que quería que el mundo se la desayunase. Quería meterse en su cama y no volver a saber nada de nadie. Dejar que el corazón roto siguiera roto, así quizá nadie lo querría y ni ella sentiría nada por nadie.
Ahora sentía que nada ni nadie la levantaría de la cama.
Ni las obligaciones. Ni los gritos de sus padres.
Sólo ella y su cama.
Rindiéndose a todo lo demás.

domingo, 6 de octubre de 2013

#22

Sonaba ‘Falling In Pieces’ en un pub cualquiera. No recuerdo muy bien dónde era. Hacía muchísimo tiempo que me había perdido por la galaxia castaña que eran sus ojos.
Sí. Me había perdido en ellos a partir del mismo segundo en el que observé su mirada con atención.
Había caído bajo el embrujo de las espirales y surcos del color del chocolate. Y diréis: Sus ojos son los que tiene todo el mundo.
Me da igual que tuviera los ojos más normales del mundo.
El caso, es que iba con más alcohol del que debía haber ingerido y dije lo que menos se puede decir a una persona a la que acabas de conocer:
—Me he perdido.
—¿Dónde? —me mira mientras alza su ceja derecha.
—En la conversación... —bajo la copa a la barra—. Me he perdido desde el mismo momento en que he posado mi mirada en tus irises de color avellana.
—Venga ya, ñaja, deja de fumar porros.
—Es cierto —replico de forma insistente—. ¿Por qué no me crees?
—Porque no puedo decirte que yo también me he perdido en tu bosque interior, en esos ojos que me llevan a otras épocas...
—¿Y por qué no?
—Porque no quiero volver a romperte —baja la mirada a la copa, entrelazando los dedos de sus manos.
Bajo la mirada unos instantes y luego vuelvo a fijar mi mirada en él y su pelo revoltoso y castaño claro. Me levanto y le comento:
—¿Quieres otra copa? —cogiendo su vaso y el mío.
—Claro —responde, siendo más un suspiro que una respuesta.
Pedí lo mismo para ambos, un Daniels' solo con muchos hielos en la copa. Me acerqué a nuestro trozo de barra y, sin pensarlo, cuando me agradeció la copa, le besé.
Sin más.
No podría decir si era bueno o malo, sólo puedo decir que me gustó, me gustó mucho y mi saltó del pecho para perderse entre las notas de una canción de amor cualquiera, que en aquel momento empezaba a sonar.

miércoles, 24 de julio de 2013

#21

Y ella estaba en aquel rincón, rodeada por aquel halo de tristeza que tanto me llamaba la atención.
Quizá si me hubiera dado cuenta de que era una herida de tu alma, tal vez hubiera podido darme cuenta que te hacía daño. Tal vez no hubiera hurgado tanto dentro de ella.
—Julie, ¿cuándo vas a ir con David?
—No me espera hoy —tu voz se quebró. En ese silencio tan denso, solo roto por tus sollozos y resuellos, me di cuenta de que eras mucha más frágil de lo que querías aparentar y reflejar—. Ojalá esta noche alguien le caliente la cama.
Realmente sé que querías que nada de eso ocurriese y sé que sabías que la única que podías calentar su alma y acunar su corazón eras tú.
—¿Por qué no vas a verle?
—Porque no quiero verle, Rita —replicaste con voz rasgada, el resuello que molía tus sentimientos. Las lágrimas estaban a punto de huir de tus ojos pero tú no querías soltarlas.
—Deberías ser menos orgullosa con tus sentimientos —dije sin pensar pero segura de ello— o perderás tu felicidad como mujer.
—Tal vez no deba ser feliz, nunca, y más si David es el que debe hacerme feliz —de pronto llamaron a la puerta, abrí sin preguntar y en el quicio estaba David apoyado.
—Vengo a por Julie —dijo con una sonrisa falsa en los labios.
—No creo que quiera irse contigo —me apartó de la puerta y entró; observé la desesperación de su mirada. Era tan parecida a la que llenaba los ojos de Julie cuando hablaba de él, cuando le pensaba, cuando se sentía terriblemente sola.
—¡Julie!
—¡Déjame! —gritaste—. Déjame de una vez en paz.
Y tu voz volvió a quebrarse mientras unas lágrimas escaparon de sus ojos. Y era la soledad la que te hacía sentirte así, a pesar de estar yo contigo, aunque estuviera él.
—Julie —murmuré y me refugié en mi habitación. Me quedé tras la puerta mientras oí cómo discutíais, os gritabais y os echabais en cara muchas cosas; sin embargo me conmocionó lo que te dijo. ¿Cómo alguien puede ser tan frío contigo?
—Me voy a ir y no quiero dejarte sola. No quiero que vuelvas a tener esa soledad en el alma que siempre se pueden ver en tus ojos dorados. No quiero que te vuelvas tan frágil como yo.
—Pero no te das cuentas, o no quieres darte cuenta. ¿Aún no te has dado cuenta, David? —tu tono de voz se alzó bastante y me dio un poco de miedo—. Ya soy frágil. Cada día me siento más sola sin ti —oí el sonido de un cajón al abrirse y algo metálico que estaba siendo cogido—. Toma, mátame.
—¿Qué dices? —dijo con un tono asustado y sorprendido.
—Sin ti, es como si ya me hubieras matado —dijiste—. Dispárame y acaba con este sufrimiento porque ya soy frágil y sin ti no puedo dejar de serlo.
—Lo siento, voy a ser egoísta —replicó él. Después se hizo el silencio—. Quiero pedirte algo.
—Dime —respondiste, escuché el sonido metálico contra madera, así que me figuré que había dejado lo que fuera sobre la mesa del comedor.
—Quiero que te quedes aquí, esperándome, ámame en la distancia. Yo prometo venir a por ti.
—Nunca cumplirás tu promesa.
—Prometo complirla.
—Otra mentira —el tono de tu voz era muy triste y apenada. Lo peor es que ya sabías lo que iba a pasar pero aquí sigues esperando a que David vuelva.

martes, 23 de julio de 2013

#20

Estoy en la parada del autobús, totalmente preparada para su viaje a Madrid. Pronto abandonaría aquel pueblo perdido donde he vivido toda la vida pero necesito huir. A mi lado, una pequeña maleta de color mandarina gastado, un poco abollada y unos cuantos golpes más.
Me siento en uno de los asientos de plástico duro, azul oscuro; soñando, pensando y liberando mi mente mientras espero a aquel autobús que me llevará lejos de aquí.

Pero, divagando, recuerdo qué es lo que me hace huir de aquella manera tan precipitada y tan apresurada.
—Fede, ven un momento —la idiota de Sara llamaba al chico más guapo de la clase. Además, en plena fiesta de final de curso. Acabábamos de graduarnos en el bachiller y yo había escogido una universidad cerca de casa para volver siempre que pudiera. Sara, con su voz de terciopelo barato, su pelo rubio platino y aquel vestido ceñido, escotado y de color rojo, todo conjuntado con unos taconazos altísimos y de aguja. Ella y su esplendorosa y exuberante belleza. Yo no podía competir contra alguien tan maravillosamente parecida a una estrella del pop estadounidense; y si le había llamado era porque quería salir con él en el verano y él le diría que sí. ¿Quién le diría que no?
La escena me la sabía de memoria porque siempre era la misma desde que Sara había comenzado a salir con chicos.
Fede la miró y la sonrió, le hizo una señal de que hablarían después y a mí se me cayó el alma a pedazos; sin embargo aguanté la compostura y me obligué a quedarme hasta el final de la fiesta sin llorar, sin derramar una gota de agua. Me acerqué a Sara:
—¿Vas a salir con Fede?
—Claro —dijo encogiéndose de hombros—. Es muy guapo y alguien como yo se merece un novio guapo —apreté los puños para no cogerla de los pelos y arrancarle mechones de pelo con las manos.
—Pero estabas saliendo con Carlos.
—Ya —hizo un mohín de indiferencia. ¿O era de asco?—. Pero Carlos comenzó a engordar y ya no me molaba nada salir con él —no sé por qué pero me sorprendí de su respuesta, abriendo la boca sin querer. Además de facilona, coqueta y estúpida, era superficial. Antes me caía mal pero entonces aún más.
Cuando el reloj tocó las doce de la media noche, Sara tomó la mano de Fede y se le llevó a un cuarto aparte y, en ese mismo instante, yo estaba saliendo por la puerta.
A la mañana siguiente, abordé a mi madre.
—Mamá —comencé mientras desayunábamos—, quiero ir a estudiar a la Universidad Autónoma de Madrid.
—¿Y por qué a Madrid? —dejó su café sin tocar y me miró fijamente—. ¿No habíamos quedado en la Universidad de Salamanca?
—Mamá, es mi futuro. Quiero ir a una buena universidad para poder trabajar en un mañana.
—Vale —dijo con un tono un tanto triste. Recogió el plato de tostadas y la taza de café—. ¿Tendré que ir contigo?
—No —terminé mi colacao—. Ya buscaré yo sola piso o residencia y demás —me levanté y fregué los cacharros que había en la pila. Empecé a empacar y empaquetar cosas. Solo lo imprescindible.
—Por cierto, cielo, tienes que hacer la matrícula.
Se me había olvidado por completo aquel pequeño obstáculo. Terminé de meter camisetas y jerséis, busqué por internet cómo hacer la matrícula y entregarla.

Y aquí estoy, esperando a un autobús que me llevará lejos de mi familia, de mi hogar, de esta mierda de pueblo y de la parejita.
Cuando el autobús empieza a acercarse yo me levanto de los asientos duros que me han dejado el culo hecho un cristo. Voy a coger mi maleta cuando alguien grita.
—Espérame; voy contigo.
—Tú estás con Sara —le grito enfurecida—. Déjame en paz.
—Espérame; quiero ir contigo —esa frase me hace girarme hacia él y verle con una maleta plateada, bajando corriendo por la cuesta que lleva hacia la parada. Se para a mi lado mientras yo paro el autobús y susurra en mi oído—. Te quiero.

lunes, 22 de julio de 2013

#19

—Julietta, ¿otra vez? —dijo él, mirando todos los trozos de revistas sobre el sofá del salón. Ella, como siempre que discutían, había huido al baño y se había encerrado allí.
Una voz, al otro lado de la puerta, le respondió con un tono un tanto disgustado.
—¿Y qué quieres, Rodrigo? —tartamudeo un poco—. Veo sus cuerpos perfectos y me hace sentir mal —entonces, Rodrigo estaba limpiando y recogiendo—. Sé que te gustaría tener a alguien como ellas en tu vida.
El dolor pudo con ella y, a la falta de respuesta de él, oyéndole limpiar, cogió una cuchilla escondida entre sus cosas de aseo y se rajó el brazo, como tantas veces había hecho al estar de bajón. Ni ella misma sabía porque se rajaba pero le agradaba la sensación.
Pero esta vez, Rodrigo había recogido pronto y había estado forcejeando un poco con la cerradura para abrirla y, cuando entró, se encontró el brazo sangrante de Julietta. Cogió una toalla y la aplastó contra las heridas para que terminara la hemorragia.
—Pero, ¡¿qué haces?!
—Morir un poco más rápido —le sonrió para que no tuviera miedo, para que se diera cuenta de que, realmente, no iba a morir.
—¿Por qué?
—Porque aborrezco cada parte de mi cuerpo —contestó ella, dejando caer la cuchilla dentro del neceser donde estaba escondida siempre—. Me aborrezco a mí misma.
—¿Y si te pidiera que no lo volvieras a hacer? Aunque sea solo por el cariño que me tengas...
—Tú como todos —explotó ella, hecha una verdadera furia—. Queréis que deje de hacer lo que me hace sentir bien y siempre con la misma excusa: “Por el cariño”; “Porque somos amigas”; “Porque te quiero”. ¡¿Acaso no os dais cuenta de que no pasa nada?! Está todo controlado.
—Mira, me preocupa que hagas eso porque te quiero; te quiero un montón —la miró fijamente y siguió—. Más de lo que te imaginas.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Porque me gustas, me gustas mucho —él se sentó junto a ella—. Y me gustaría no verte así. No... No quiero sentir que puedo perderte a cada minuto del día.
Entonces ella le besó.
—Solo te digo una cosa —dijo, rompiendo el beso—: no puedes enamorarte de una suicida. Nunca sabes cuando le va a dar el ataque.

domingo, 21 de julio de 2013

#18

Estábamos tan bien. Todavía sigo sin entender por qué se fue.
Llegué de la universidad cansado pero advertí que sus cosas no estaban desperdigadas por la habitación, el escritorio del siglo XVIII, con la madera tan hecha polvo que podría resquebrajarse en cualquier momento, no estaba su diario ni el papel para cartas. Lo único que llenaba la habitación eran los regalos que le hice en su día.
Aún recuerdo el día en que la conocí. Ella iba a ser mi compañera en aquel piso de dos habitaciones, cocina estrecha con barra americana y pequeño salón que estaba lleno por un sofá a rayas de color beige, un sillón a juego y una tele de 40 pulgadas. El casero me enseñó la que sería mi habitación durante dos años y me llevó al salón para darme una copia de las llaves. La televisión estaba encendida y en el sofá había una chica sentada, fumando.
Pero, ¿qué ye ha hecho ya?
—Ella es tu compañera —me informó el casero y se marchó, dejándome con la desconocida y las llaves con un llavero cutre del Caja Madrid.
—Hola —me acerqué a ella y extendí el brazo—. Soy Eric.
Ella no pestañeó, sus ojos marrones y acuosos ni siquiera apartaron la mirada del programa que estaba viendo.
—Yo soy Erika —respondió indiferente—. Ahora deja de molestar, ¿no ves que estoy viendo la tele?
Me sentó bastante mal que su saludo fuese así, por ello pasaba el mayor tiempo posible fuera del piso, aparte de que ella tenía un chico al que invitaba todas las noches.
Con el paso de los meses, dejó de molestarme. Sabía qué días podía entrar sin miedo a casa y cuales oiría la algarabia que formaban cuando follaban.
No hacíamos nada juntos y eso, a veces, me sentaba fatal porque yo solía tener una vida familiar, no muy plena pero sí sentarnos juntos a la mesa y comentar las cosas. Vivir con ella era vivir con soledad.
Casi medio año después, el chico dejó de venir a casa.
Un día, que me levanté tarde y tenía examen, se me plantó delante de mí y me dijo:
—Perdona que haya estado tan fría estos meses —se agarró el brazo, nerviosa—. No llevaba muy bien la relación con mi chico y...
—Pues no lo parecía —estaba de mal humor y lo que menos quería era pararme a hablar de ella, una mujer que había pasado de mí completamente durante casi seis meses.
—Pues así era —me miró fijamente con los acuosos ojos térreos—. El sexo estaba muy bien pero la pareja en sí se iba al traste.
—Mira, Erika, tengo un examen y ya llego bastante tarde.
—Bueno, perdona... —su voz se desgarró en un pequeño gemido que me hizo darme cuenta de que no estaba bien. Le alcé la barbilla.
—Perdona es que llego tarde y...
—Sí, debes marcharte —pero ya no podía marcharme. Entre que era pequeñita, esas trenzas cortas, negras y los ojos aún más acuosos, veía una niña desválida y que necesitaba que la cuidasen. Pero cuando yo me había tranquilizado, ella me dejó marchar.
Me pasé la mayor parte del examen pensando en cómo compensar lo que había hecho a Erika pero también me centré en la hoja que tenía delante. No podía defraudar a mis padre que esperaban que algún día yo fuera odontólogo.
Cuando llegué a casa, ella estaba en el sillón con un jersey gris perla que le dejaba el hombro al descubierto, de espaldas; me acerqué a ella para disculparme pero dormía, aunque se le notaba que había llorado. Entonces me fijé que lo que tenía en la nuca: unas alas de ángel. Las toqué porque me parecían tan reales que podría decirse que ella era un ángel.
—¿Qué haces? —preguntó somnolienta, mirándome desde el sillón, ladeando su cabeza.
—Tocar tus alas —se volvió del todo, se apoyó en el respaldo del sofá y, después de unos minutos así, me sonrío y me besó. La miré, totalmente estupefacto.
—Nadie antes había tocado mis alas —me comentó con una sonrisa entre los labios. Entonces, no sé qué sentí sin embargo me acerqué y la volví a besar. Ella me correspondió, pasando sus manos por mi nuca, acariciando los mechones que se peleaban por querer estar entre sus dedos. Bajó una de las manos desde la nuca hacia la espalda, que se puso como si fuera piel de gallina, siguió bajando mientras apartaba la mano de  la nuca y levantaba la camiseta.
—¿Qué quieres hacerme? —bromeé.
—Hacerte mío, Eric —se alejó de mí—. ¿O no quieres?
Asentí y me acerqué a ella, levanté su jersey y besé sus pezones, ella me quitó la camiseta como pudo y no dejó de besarme mientras quitaba los botones de los pantalones y me ayudó a quitarlos, dejándolos en el suelo.
—Erika.
—Dime —susurró en mi oído, lo que me excitó aún más.
—No quiero que pienses que esto es solo esta noche...
—Cállate —me besó los labios y mordió mi cuello, bajó por mi cuerpo hasta meter en su boca mi pene pero, volvió a subir demasiado rápido, empalándose con él; haciéndome disfrutar de cada movimiento. Se movía, se retorcía sobre mí, cada vez más excitada, gritando y besándome, siempre atenta. Cuando sentí que ella tenía un orgasmo, me corrí.
Cuando todo terminó me dormí.
Al día siguiente, me levanté y ella ya no estaba. Y me dejó solo con la frialdad de un piso para mí solo, sin sus cosas.

sábado, 20 de julio de 2013

#17

Jorge espera en la puerta en casa de Ale, acariciando y observando la foto que tienen juntos. Ale es la mujer por la que ha estado enamorado desde el primer día que les presentaron. Su relación se había ido desarrollando con mucho tiempo y paciencia.
Y anoche le dijo:
—Lo siento pero me he enamorado.
—Esto es una broma, ¿verdad? —él pensaba que la hermana de Ale le estaba gastando una broma pero ella se lo confirmó.
—No, no lo es. Tú y yo fuimos algo bonito pero él me ha traído algo más... No sabría decirte.
—Claro. Y yo a la basura —hizo una pausa. Iba a llorar—. ¡¡Vete a la mierda!!
Se había pasado toda la noche dando vueltas en la cama, entre llorando y pensando hasta que se le ocurrió la genial idea de que, quizá si la veía y le pedía otra oportunidad, sería capaz de reenamorarla, de hacerla volver a sentir como antes y esperó durante horas en su portal hasta que se hizo el día.
De pronto, la puerta se abre.
—Vamos, Fideo, de paseo.
Por fin la va a ver, le dirá todo lo que ha planeado en su mente: las palabras mil veces repetidas, los sentimientos vivos en él. Sin embargo, algo no ha salido como él hubiera querido: sale con un joven de su edad.
—Jorge, ¿qué haces aquí? —saluda ella mientras le mira fijamente. Él no aparta la mirada del hombre que la acompaña—. Éste es Sandro.
—Hola —el acompañante le tiende la mano y, dentro de Jorge, los sentimientos se desbordan.
—¿Cómo que “hola”? —aprieta los puños contra las palmas—. Me has robado a mi chica.
—Jorge... —comienza ella pero se interrumpe. ¿Qué podría decirle ella? Esta es la verdad y no puede hacer nada por remediarlo. Se gira hacia Sandro—. Él es mi ex.
—Así que tú eres su ex. ¿Y qué haces rondando de nuevo a mi chica como si fueras un perro?
Jorge salta sobre Sandro y da un puñetazo en la mandíbula. ¿“Mi chica”? Él había dado lo mejor de él, todas sus fuerzas y sus esperanzas en ella y él se atreve a decir que es su chica. No le importaba cuan alto es ese cacho de mierda, ni lo musculoso que está, le da igual que se mate en el gimnasio o a pesas, su único pensamiento es destrozarle esa cara de gilipollas que tiene; desfogarse, sacar el dolor, la rabia y la furia.
—¡Para Jorge! —grita Alejandra—. ¡Para! —empieza a sollozar sin remedio, cubriendo su cara con las manos. Entonces, Jorge para y se acerca a ella y la consuela—. De verdad que te he querido, mucho, demasiado. Siempre serás alguien especial para mí y encontrarás a otra mil veces mejor que yo, que te tratará como el gran hombre que eres. Lo siento, lo siento muchísimo —se arrodilla ante él y da varias golpes con el cráneo en el suelo, frío y lleno de rocío—. ¡Déjale! La culpa es mía y solo mía. Golpéame a mí.
—Así que por mucho que yo te esperara aquí, por mucho que te pidiera que volvieras conmigo, ¿no lo harías?
Ella niega con la cabeza y se acerca a un Sandro sangrante y dolorido.
—Por favor —suplica Jorge—, miénteme y di que me quieres. Te juro que te haré muy feliz, que sabré compensarte lo que he hecho mal hasta ahora. Por favor, no me dejes. Sin ti, me muero —tiene los ojos vidriosos y a punto de estallar en lágrimas.
—Le quiero.
—Entiendo —hace una pausa y los mira—. Así que el que sobra soy yo, ¿verdad?
Ale asiente sin levantar la mirada de Sandro. Le corre la vergüenza por el rostro y no quiere ni mirarle.
Se acerca al perro y lo acaricia e, inesperadamente, la mascota lo sigue.
«Al menos alguien me quiere.»