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lunes, 14 de mayo de 2018

#35

Me encontraba escondida en el baño, no podía dejar de sentir la palpitación de las sienes. Un pinchazo que recorría todo el cráneo y sólo podía masajearme con delicadeza para intentar minimizarlo.
Estaba dolorida y enfadada por cómo se comportaba conmigo. ¿Es que había hecho algo y no lo sabía? ¿Por qué no lo hablaba conmigo de cara? No lo comprendía. Aunque eso era lo que más me llamaba más la atención de él, era un jodido enigma y yo quería abrir la caja de Pandora.
Oí la puerta abrirse, lo que hizo que me agachase más en el retrete en el que me había escondido para poder desahogarme a gusto, aunque luego pensé que sería mi superiora, buscándome para que continuase con mi trabajo así que me puse en pie para enfrentarme a lo que me tocase. Alcé la mirada pero sólo pude ver el marrón leonado que tenían sus irises tras las gafas de pasta.
—¿Qué haces aquí? —alcé las cejas, confusa.
¿Por qué mi corazón latía tan deprisa? Podía notar que la sangre se arrebolaba en mis mejillas, tiñéndolas de un rojo intenso. ¿Por qué seguía sintiendo esas cosas por él? Me había rechazado de varias veces de tantas maneras como para aguantar que lo hiciese de nuevo, no tenía la cabeza para aceptarlo como una adulta.
No respondió a mi pregunta. Se acercó en dos pasos y mis piernas empezaron a temblar, flaqueando. De nuevo, allí estaba ese poder que tenía conmigo.
—No te acerques más. ¡Por favor!
Pero mi petición no pareció afectarle de ninguna manera y no se detuvo. Tan pronto como estuvo a mi altura, se detuvo, frente a mí. Otra vez la misma situación que me paralizaba pero no quitaba mis ojos de él, estaba tan hipnotizada por sus leoninos ojos... ¡Un misterio impenetrable!
Me agarró de las muñecas, a pesar de que sabía que no pondría resistencia de ningún tipo y me besó. Un beso cargado de algo que me sorprendió: un beso dulce, sin sensualidad, sin química. Sólo sus labios contra los míos y una emoción que crecía dentro de mí, cálida y excelsa. Al parecer, como no opuse resistencia, él me soltó.
Hundí mis dedos finos en su pelo corto oscuro y le pasé el otro brazo por detrás del cuello ansiosa porque el beso no se rompiese, no quería dejar de sentir todo aquello que me inundaba; quería sacarlo todo, no quería quedarme con los sentimientos dentro de mí, que todo se desbordase.
Me iba a hacer daño. Ya lo sabía. Pero no podía dejar que se escapase y dejar el hueco que él estaba llenando, vacío de nuevo.
Sabía que no iba a apostar por mí, yo sólo era una niña estúpida, pequeña e inmadura a su lado y estaba segura de que él no quería nadie así a su lado.
Mientras plasmo esto sobre este papel, me duele el pecho. Algo se agarrota y se destruye en mi interior pero que se volverá a expandir en cuanto mis recuerdos traigan su sonrisa de nuevo ante mí. También pienso en lo mucho que me hubiese gustado que hubiese apostado todo por mí. Incluso me hubiera dado por satisfecha con un «me gustas», no me hubiera importado que no me hubiese elegido. Me duele mucho más pensar que todo fue un juego estúpido.

lunes, 26 de febrero de 2018

#34

Estaba sentada de nuevo en el mismo sitio donde todo se arrejuntaba, donde mis sentimientos solían salir a pasear.
Miraba al cielo, buscando entre las brillantes estrellas una respuesta a porqué tanto dolor concentrado en el mismo punto.
El día anterior había sido San Valentín y yo había negado mis sentimientos, me había negado a sacarlos a la luz, no tenía sentido desvelarlos y sentir que todo se rompía, todo se desmoronaba. ¿Por qué me había tocado a mí sentirme de esta manera? Yo que era cobarde, yo que me escondía de los sentimientos tan profanos como el amor.
—¿Y qué se gana amando? —recité al cielo, mirando fijamente a la Luna.
Lo único que había ganado era sentirme descarnada, arrancada de mi propio ser cuando la respuesta era el rechazo. Porque, ¿quién iba a fijarse en mí? Era enteramente mediocre y no relucía para nada; si pasaba al lado de alguien era enteramente invisible. Ni yo misma me fijaría en mí. ¿No era mejor morirse a secas? Total, yo ya era un fantasma. ¿Cuántas veces más me tocaría disfrutar de los dolorosos golpes de la vida?
Y ahora me tenía que enganchar de él, de mi jefe, de un hombre que me sacaba el doble de mi edad y el cual tampoco me percibía. Cupido es tan caprichoso...
Me llevé una mano al pecho y comencé a sollozar con fuerza, la vida era tan jodidamente ruin...
Sentía que no sólo el pecho me dolía, sino cada movimiento, cada latido, cada sollozo; dolía en lo más profundo de mi cerebro, dolía en lo más profundo de mi alma; algo dentro de mí se rompería tarde o temprano.
Lo peor era acabar necesitando hablar con él, aunque fuera para lo justo, aunque fuera para recibir una regañina; el mínimo contacto para conmigo era una fuente de placer y excitación que sólo debían sentir los perros frente a su amo. Cada día, saludaba y luego me acercaba a llevarle el café, hacer una charla banal y, al volver a mi sitio, me sentía totalmente eufórica. Así era mi juego, así volvía a rascarme la cicatriz.
Sin embargo todos sabemos que una herida no curada, puede llegar a enquistarse y, en la oscuridad de mi cuarto, todo supuraba desde esos sentimientos podridos. Quería ser más, quería ser mejor, quería que se fijase en mí, pero ya sabía que eso no pasaría. Así paso las noches, haciendo que todo supure para volver a arrancarme la cicatriz.

sábado, 26 de julio de 2014

#27

Me desperté al notar, de pronto, la cama bastante más vacía y más fría.
Su largo pelo de colores no estaba haciéndome cosquillas en la nariz ni podía abrazar su cuerpo delgado.
—¿Irene?
El silencio me devolvió la pregunta en forma de eco quisquilloso y poco perceptible.
Se podría que salté de la cama con mis braguitas de colores chillones, me puse los vaqueros y una camiseta enorme que ella me había regalado.
—¡Irene! —llamé a voces.
Entonces vi su cresta multicolor marchándose parque abajo.
Intenté correr detrás de ella pero siempre se interponía alguien o algo. Yo estiraba el brazo lo suficiente para intentar alcanzar y tirar de ella para meterla entre mis clavículas, apretarla contra mis senos, allí donde había un hueco enorme por falta de un elemento. Ese que ella se había llevado con facilidad y ahora no sabía si quería recuperarlo.
Sé que pensé que sin ella, no podría a volver a sonreír con ganas.
Entonces, una mano agarró mi hombro y tiró de mí, escondiéndome y dificultando que llegase a agarrar a Irene.
—¡Irene! ¡Irene, no te vayas! —grité mientras esa persona me agarraba de la camiseta y de la sudadera—. ¡¡Te quiero!!
La persona que me había agarrado era su mejor amigo.
—Lo siento, Violeta —con la voz tan menguada que casi ni le oí—. Es momento de que se marche, de que vuele.
De mis ojos escapan lágrimas de rabia al verme tan rota y compungida.
Sabía que algún día llegaría ese día pero no quería que pasase tan pronto.

miércoles, 24 de julio de 2013

#21

Y ella estaba en aquel rincón, rodeada por aquel halo de tristeza que tanto me llamaba la atención.
Quizá si me hubiera dado cuenta de que era una herida de tu alma, tal vez hubiera podido darme cuenta que te hacía daño. Tal vez no hubiera hurgado tanto dentro de ella.
—Julie, ¿cuándo vas a ir con David?
—No me espera hoy —tu voz se quebró. En ese silencio tan denso, solo roto por tus sollozos y resuellos, me di cuenta de que eras mucha más frágil de lo que querías aparentar y reflejar—. Ojalá esta noche alguien le caliente la cama.
Realmente sé que querías que nada de eso ocurriese y sé que sabías que la única que podías calentar su alma y acunar su corazón eras tú.
—¿Por qué no vas a verle?
—Porque no quiero verle, Rita —replicaste con voz rasgada, el resuello que molía tus sentimientos. Las lágrimas estaban a punto de huir de tus ojos pero tú no querías soltarlas.
—Deberías ser menos orgullosa con tus sentimientos —dije sin pensar pero segura de ello— o perderás tu felicidad como mujer.
—Tal vez no deba ser feliz, nunca, y más si David es el que debe hacerme feliz —de pronto llamaron a la puerta, abrí sin preguntar y en el quicio estaba David apoyado.
—Vengo a por Julie —dijo con una sonrisa falsa en los labios.
—No creo que quiera irse contigo —me apartó de la puerta y entró; observé la desesperación de su mirada. Era tan parecida a la que llenaba los ojos de Julie cuando hablaba de él, cuando le pensaba, cuando se sentía terriblemente sola.
—¡Julie!
—¡Déjame! —gritaste—. Déjame de una vez en paz.
Y tu voz volvió a quebrarse mientras unas lágrimas escaparon de sus ojos. Y era la soledad la que te hacía sentirte así, a pesar de estar yo contigo, aunque estuviera él.
—Julie —murmuré y me refugié en mi habitación. Me quedé tras la puerta mientras oí cómo discutíais, os gritabais y os echabais en cara muchas cosas; sin embargo me conmocionó lo que te dijo. ¿Cómo alguien puede ser tan frío contigo?
—Me voy a ir y no quiero dejarte sola. No quiero que vuelvas a tener esa soledad en el alma que siempre se pueden ver en tus ojos dorados. No quiero que te vuelvas tan frágil como yo.
—Pero no te das cuentas, o no quieres darte cuenta. ¿Aún no te has dado cuenta, David? —tu tono de voz se alzó bastante y me dio un poco de miedo—. Ya soy frágil. Cada día me siento más sola sin ti —oí el sonido de un cajón al abrirse y algo metálico que estaba siendo cogido—. Toma, mátame.
—¿Qué dices? —dijo con un tono asustado y sorprendido.
—Sin ti, es como si ya me hubieras matado —dijiste—. Dispárame y acaba con este sufrimiento porque ya soy frágil y sin ti no puedo dejar de serlo.
—Lo siento, voy a ser egoísta —replicó él. Después se hizo el silencio—. Quiero pedirte algo.
—Dime —respondiste, escuché el sonido metálico contra madera, así que me figuré que había dejado lo que fuera sobre la mesa del comedor.
—Quiero que te quedes aquí, esperándome, ámame en la distancia. Yo prometo venir a por ti.
—Nunca cumplirás tu promesa.
—Prometo complirla.
—Otra mentira —el tono de tu voz era muy triste y apenada. Lo peor es que ya sabías lo que iba a pasar pero aquí sigues esperando a que David vuelva.

lunes, 22 de julio de 2013

#19

—Julietta, ¿otra vez? —dijo él, mirando todos los trozos de revistas sobre el sofá del salón. Ella, como siempre que discutían, había huido al baño y se había encerrado allí.
Una voz, al otro lado de la puerta, le respondió con un tono un tanto disgustado.
—¿Y qué quieres, Rodrigo? —tartamudeo un poco—. Veo sus cuerpos perfectos y me hace sentir mal —entonces, Rodrigo estaba limpiando y recogiendo—. Sé que te gustaría tener a alguien como ellas en tu vida.
El dolor pudo con ella y, a la falta de respuesta de él, oyéndole limpiar, cogió una cuchilla escondida entre sus cosas de aseo y se rajó el brazo, como tantas veces había hecho al estar de bajón. Ni ella misma sabía porque se rajaba pero le agradaba la sensación.
Pero esta vez, Rodrigo había recogido pronto y había estado forcejeando un poco con la cerradura para abrirla y, cuando entró, se encontró el brazo sangrante de Julietta. Cogió una toalla y la aplastó contra las heridas para que terminara la hemorragia.
—Pero, ¡¿qué haces?!
—Morir un poco más rápido —le sonrió para que no tuviera miedo, para que se diera cuenta de que, realmente, no iba a morir.
—¿Por qué?
—Porque aborrezco cada parte de mi cuerpo —contestó ella, dejando caer la cuchilla dentro del neceser donde estaba escondida siempre—. Me aborrezco a mí misma.
—¿Y si te pidiera que no lo volvieras a hacer? Aunque sea solo por el cariño que me tengas...
—Tú como todos —explotó ella, hecha una verdadera furia—. Queréis que deje de hacer lo que me hace sentir bien y siempre con la misma excusa: “Por el cariño”; “Porque somos amigas”; “Porque te quiero”. ¡¿Acaso no os dais cuenta de que no pasa nada?! Está todo controlado.
—Mira, me preocupa que hagas eso porque te quiero; te quiero un montón —la miró fijamente y siguió—. Más de lo que te imaginas.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Porque me gustas, me gustas mucho —él se sentó junto a ella—. Y me gustaría no verte así. No... No quiero sentir que puedo perderte a cada minuto del día.
Entonces ella le besó.
—Solo te digo una cosa —dijo, rompiendo el beso—: no puedes enamorarte de una suicida. Nunca sabes cuando le va a dar el ataque.

sábado, 20 de julio de 2013

#17

Jorge espera en la puerta en casa de Ale, acariciando y observando la foto que tienen juntos. Ale es la mujer por la que ha estado enamorado desde el primer día que les presentaron. Su relación se había ido desarrollando con mucho tiempo y paciencia.
Y anoche le dijo:
—Lo siento pero me he enamorado.
—Esto es una broma, ¿verdad? —él pensaba que la hermana de Ale le estaba gastando una broma pero ella se lo confirmó.
—No, no lo es. Tú y yo fuimos algo bonito pero él me ha traído algo más... No sabría decirte.
—Claro. Y yo a la basura —hizo una pausa. Iba a llorar—. ¡¡Vete a la mierda!!
Se había pasado toda la noche dando vueltas en la cama, entre llorando y pensando hasta que se le ocurrió la genial idea de que, quizá si la veía y le pedía otra oportunidad, sería capaz de reenamorarla, de hacerla volver a sentir como antes y esperó durante horas en su portal hasta que se hizo el día.
De pronto, la puerta se abre.
—Vamos, Fideo, de paseo.
Por fin la va a ver, le dirá todo lo que ha planeado en su mente: las palabras mil veces repetidas, los sentimientos vivos en él. Sin embargo, algo no ha salido como él hubiera querido: sale con un joven de su edad.
—Jorge, ¿qué haces aquí? —saluda ella mientras le mira fijamente. Él no aparta la mirada del hombre que la acompaña—. Éste es Sandro.
—Hola —el acompañante le tiende la mano y, dentro de Jorge, los sentimientos se desbordan.
—¿Cómo que “hola”? —aprieta los puños contra las palmas—. Me has robado a mi chica.
—Jorge... —comienza ella pero se interrumpe. ¿Qué podría decirle ella? Esta es la verdad y no puede hacer nada por remediarlo. Se gira hacia Sandro—. Él es mi ex.
—Así que tú eres su ex. ¿Y qué haces rondando de nuevo a mi chica como si fueras un perro?
Jorge salta sobre Sandro y da un puñetazo en la mandíbula. ¿“Mi chica”? Él había dado lo mejor de él, todas sus fuerzas y sus esperanzas en ella y él se atreve a decir que es su chica. No le importaba cuan alto es ese cacho de mierda, ni lo musculoso que está, le da igual que se mate en el gimnasio o a pesas, su único pensamiento es destrozarle esa cara de gilipollas que tiene; desfogarse, sacar el dolor, la rabia y la furia.
—¡Para Jorge! —grita Alejandra—. ¡Para! —empieza a sollozar sin remedio, cubriendo su cara con las manos. Entonces, Jorge para y se acerca a ella y la consuela—. De verdad que te he querido, mucho, demasiado. Siempre serás alguien especial para mí y encontrarás a otra mil veces mejor que yo, que te tratará como el gran hombre que eres. Lo siento, lo siento muchísimo —se arrodilla ante él y da varias golpes con el cráneo en el suelo, frío y lleno de rocío—. ¡Déjale! La culpa es mía y solo mía. Golpéame a mí.
—Así que por mucho que yo te esperara aquí, por mucho que te pidiera que volvieras conmigo, ¿no lo harías?
Ella niega con la cabeza y se acerca a un Sandro sangrante y dolorido.
—Por favor —suplica Jorge—, miénteme y di que me quieres. Te juro que te haré muy feliz, que sabré compensarte lo que he hecho mal hasta ahora. Por favor, no me dejes. Sin ti, me muero —tiene los ojos vidriosos y a punto de estallar en lágrimas.
—Le quiero.
—Entiendo —hace una pausa y los mira—. Así que el que sobra soy yo, ¿verdad?
Ale asiente sin levantar la mirada de Sandro. Le corre la vergüenza por el rostro y no quiere ni mirarle.
Se acerca al perro y lo acaricia e, inesperadamente, la mascota lo sigue.
«Al menos alguien me quiere.»

viernes, 19 de julio de 2013

#16

«Si te mirara y mis ojos te mirasen fijamente a los tuyos, clavándose en tu pupila, ¿crees que sabrías decirme qué mensaje intento mandarte?
Creo que no. Tú no sabes de sentimientos, eres un hombre que tiene el corazón de hielo. Tiras y empujas de mí, pides lo mejor pero tú no me das ni un trocito de ti. ¿Crees que podré sobrevivir a este ritmo tan agitado? ¿A estos cambios  bruscos en los que me haces embarcarme? Esos giros de personalidad que no gustan a nadie.
Déjame o háblame de lo qué te pasa por la cabeza cuando estás aquí, conmigo. Deja de esconderte tras palabras bonitas que no explican nada. Quiero saber lo qué no me cuentas, qué piensas en esos planes que no tienen su objetivo en mí. Respóndeme.»

—¿Y esto? —me giro calmada y le veo con el cuaderno en la mano.
—¿Qué haces con mi diario, Julio? —me levanto de la silla giratoria y se lo quito de entre las manos. Llevándolo hacia mi pecho, escondiéndolo a pesar de que sé que lo ha leído.
—¿Esto es por mí?
—¿Qué crees? —pregunto, metiendo el diario en un cajón.
—Que no.
—Entonces, es que no sabes darte cuenta —espeto mientras guardo mi tristeza dentro de mí.
—Igual no me quiero dar cuenta —responde, frío como el hielo. Su frialdad me ataca directamente a mis sentimintos. Coges tu chaqueta y te marchas, dando un portazo aún sabiendo que mis padres están ahí. Salen y me miran, yo sólo puedo responder con encogerme de hombros.

Son las once de la noche, me saludas por MSN y yo lo hago pero dentro de mí, has clavado una esquirla de duda...
—¿Qué escondes, Julio?
—Te lo diré cuando te vea, castaña pilonga.
—Cuéntamelo ahora.
—Miriam, joder, que me da vergüenza.
—Así que andan por ahí tus amigos, ¿no?
—Van a venir —tu respuesta hace que la esquirla se convierta en semilla y germine dentro de mí.
—Claro —una semilla que siembra en mí la desconfianza—. Y yo me jodo sola en casa mientras tú haces lo que sea con ellos. No te avergüenzas cuando me meto en tu cama y gimo, ni cuando me besas después de un polvo.
—Pero eso es intimidad.
—Entonces, ya sé qué escondes, te avergüenza estar conmigo porque yo no estoy como la novia de Álex o la de Yago. Quisieras que te dijera que siento no estar como ellas pero no lo voy a hacer.
—Eso no es verdad. No me importa nada de eso.
—Ya. te crees que soy ciega. ¿Acaso crees que no veo cómo disfrutas estando con ellas?
—Lo siento, ¿vale?
—No, no vale. Lo siento, no podemos seguir así. No lo aguanto.
—¿Me vas a dejar?
—Claro. Es lo único que puedo hacer para salvarme a mí misma.
Pensaba que tú eras distinto pero ahora lo veo todo claro, como el agua. Yo no te necesito, tú a mí sí.
—¡Eres una egoísta!
—¡Tú lo eres más! Quieres que sea como Carlota o Alba
—Yo no he dicho eso.
—No hace falta que lo digas —unas lágrimas recorren mis mejillas—. No hace falta que lo digas con la boca.
Cierro el ordenador y me evado de la realidad en mi habitación; acaricio mis peluches y pienso que quizá sea yo quién cometa todos los errores.

miércoles, 17 de julio de 2013

#14

Me siento frente a él mientras él termina el último cigarrillo de la cajetilla.
—Veo que sigues fumando —comento mientras me siento en mi silla, frente a él—. ¿Qué tal estamos?
Solo sonríe mientras le miro fijamente. Saco yo también mi tabaco y me pongo a fumar, esperando a que conteste.
—¿Acaso te importa?
—Es una pregunta educada —respondo mientras enciendo el cigarrillo—. ¿Qué querrías que dijese?
—Contestas a mi pregunta con otra. Eso no puede ser bueno —tira la colilla sobre el cenicero y me mira—. La que debería responder deberías ser tú, no yo.
La tensión se palpa entre nosotros y, para romperla, sonrío.
—La verdad, no me da igual —cruzo las piernas bajo la mesa y doy una calada—. Pero eso a ti sí que te da igual.
—Ya sabes que no —se pone serio. Hace calor en el local y me arremango el jersey rojo, vuelvo a tomar el cigarrillo—. ¿Cómo te has hecho eso?
Señala con la barbilla a mi muñeca. Yo pongo la mano encima para que no la vea pero sé que es tarde y que, aunque formule otra vez la pregunta, sé que sabe qué es lo que oculto bajo mi mano.
—¿Qué es eso?
—Unos dicen una forma de llamar la atención. Otros que debería hacerlo de verdad —hago una pausa y dejo caer la mano que esconde unas cicatrices—. Yo lo llamo soledad.
—Por soledad no haces eso.
—Por no sentirte sola haces muchas cosas —digo mientras doy una calada mientras el carmín se queda en el filtro—. Unas buscan consuelo con sus amigas, de las cuales carezco. Otras en buscar a otro hombre, yo no puedo.
—Ahora me dirás que estás celosa —río mientras la ceniza cae sobre la mesa. Una carcajada estridente que llena nuestro rincón.
—Yo no siento celos de nadie, cielo. Si te quieres quedar con ella, adelante. Yo sé cómo es. Y cuando tú lo sepas, llorarás mucho más que conmigo —vuelvo a ponerme seria.
—Venga ya, N. Ambos sabemos que algo te ocurre.
—Sí. Se llama mezcla rara de sentimientos —doy una larga calada mirándole a los ojos—. Pero ya sabes que no estoy aquí para hablar de mí. Estoy aquí para que me devuelvas lo que fue mío.
—Déjame decirte algo...
—No —interrumpo yo—. No me vengas con la retahíla de que me quisiste mucho, que todavía me quieres y demás tonterías porque ya no se las cree nadie. Desde el mismo momento en el que os presenté y os mirasteis, supe que te enamorarías de ella. Yo no tenía oportunidad contra alguien como ella.
—Eso no es verdad. Te amé.
—Mira, sé que tus pensamientos seguirán siendo los mismos pero sabes, en tu subconsciente, perfectamente  que tú la querías incluso cuando estabas conmigo. Por eso querías que lo arreglásemos, para estar con ella —una lágrima recorre mi rostro y la limpio con rudeza—. No me importa haber sido tu entretenimiento mientras dabas con ella pero no repitas con un loro. Y más ahora que no lo tienes que ocultar.
Cojo lo que me pertenece, dejando que la colilla se deshaga en el borde del cenicero, y me marcho mientras mi mente se pone a recordar las idioteces de cigarrillos, cosas bohemias y polvos en un coche.

lunes, 15 de julio de 2013

#12

Never opened myself this way
Life is ours, we live it our way
All these words I don't just say
And nothing else matters

Nunca me abrí lo suficiente, ni de una forma que pudieras entenderme. Vivía mi vida de una forma que te volvía loca y a mí me encantaba que fuéramos tan amigas como para dormir juntas sin ningún reproche. Nunca te dije que eras tan importante para mí que cualquier otra cosa, no te dije que te quería más allá de lo que he podido querer a nadie.
Y es que fuimos amigas hasta que aquel chico te arrancó de nuestro hogar, ¿no podías haberte enamorado de un chico más simpático o menos celoso?
Te puso en mi contra y te llevó lejos de mí.
¿Acaso no te diste cuenta de que me puse ese candado al cuello por ti?
¿Por qué te dejaste llevar por un chico que no solo no se lo ponía sino que, además, imponía que hicieráis el amor donde y cuando él quisiera?
Quédate a mi lado, Desirée, vuelve. Yo te compraré aquella casa con piscina, jardín y caseta para un perro que siempre soñaste, ser la otra madre de tus hijos. Pero no te vayas de mi lado o me quedaré sola y la soledad no me gusta. Te llevaré a esos lugares que siempre hemos deseado visitar y te compraré ropa carísima.
Solo tienes que volver.

sábado, 13 de julio de 2013

#10

Vicky había ido con su pesar a hacer senderismo.
Le encantaba, y le sigue gustando, ir sola a perderse por la montañas. Si podía se quedaba vagando por allí días enteros, en contacto directo con la naturaleza.
Bajando por una piedra descubrió un puente de piedra que posiblemente fuera construido por los romanos; se sentó en uno de los extremos y apoyó los pies en la misma piedra, dejando que el aroma del bosque entrase en ella, puso su música al tope en los cascos y empezó a cantar.

I'm standing on the bridge
I'm waiting in the dark
I thought that you'd be here by now
There's nothing but the rain
No footsteps n the ground
I'm listening, but there's no sound

Quizá no fuera un buen momento para aquella canción. Estaba sobre un puente, bajo la oscuridad y la luz pálida que las nubes dejaban traspasar. Pero eso no hacía que Vicky perdiese sus ganas de cantarla, de pasarlo mal para olvidar; de sus ojos brotaban las lágrimas que no podía detenerlas. A ella nadie la vendría a buscar; nunca tendría un Romeo que le esperase fuera sin que ella dijera nada.
Ella esperaba que algún día un hombre le esperase en el portal de su casa con una moto, vestido solo por una camiseta, unos vaqueros y fumando. Que la mirase con sus profundos ojos y le dijera:
—Hola, nena —aunque odiaba que la llamaran nena—. Te esperaba.
Pero nunca, nunca podría cumplirse su sueño. Nadie estaría tan enamorado de ella como para esperarla bajo la lluvia con un cigarrillo en la boca.

jueves, 11 de julio de 2013

#8

Estoy sentada ante la playa. La arena me acaricia suavemente cuando muevo las piernas.
Las olas claras llegan mansas a la orilla, donde me lamen los dedos y las plantas de los pie, estiro una pierna y dejo que el agua me calme.
¿Dónde voy a encontrar mejor inspiración que en un lugar donde nadie me buscará? El móvil se ha quedado en casa, con Tyler Durden avisando de cada WhatsApp recibido.
Mi única conexión con el mundo humano es el mp3, que parece que está conectado con mi alma y pone las mejores canciones para mi estado de ánimo y, con el mundo en general, es el agua salada. Me levanto y murmuro:
—Ojalá pudiera meterme con el mp3. Sería fantástico sentir que el agua fluye  al ritmo que se escapan los graves.
Never Let Me Go
Never Let Me Go
Entonces dejo el mp3, me quito el short, la camiseta sin mangas, la ropa interior y lo dejo todo sobre las sandalias. Me pongo un momento los cascos y escucho un trozo de canción, me los quito y sigo cantando alto, muy alto.
And the crashes are Heaven, for a sinner released,
And the arms of the ocean,
Deliver me.

Me meto en el agua, todavía cantando; la piel se me pone de gallina. El agua está fría pero aguanto, disfrutando del frescor glacial a pesar de ser invierno, a pesar de los 12 grados que hacen.
Nado hasta que casi no alcanzo el fondo del mar, me tumbo bocarriba y dejo que las olas me mezcan. Y su imagen vuelve a mí.
Los recuerdos se emplean para no dejarme escapar.
Y la soledad vuelve sobre mi alma.
Quisiera que alguien, aunque solo fuera una persona, viniera a buscarme a este lugar perdido de la mano de Dios y me hiciese sentir que soy necesaria para esa persona. Quisiera que me hicieran sentir una persona imprescindible en el mundo.
—Pero no lo soy —cojo aire, me meto bajo el agua y, finalmente, me agarro a algo pesado. Sin soltarme. Dejo que el aire se escape de mis pulmones y...
—Se acabó —noto como mi cuerpo pide aire pero no se lo concedo.

sábado, 6 de julio de 2013

#4

Este huracán que me llena de arañazos, golpes. Hemos de empezar a pensar que quizá no deberíamos seguir por este camino que nos duele a los dos.
¿Serías capaz de matar este sentimiento que siento con tal de que metiéndome en tu cama? ¿De verdad lo harías?
Pues hazlo antes de que llegue el momento crítico de que no sea capaz de vivir sin ti. No quiero sentirme amarrada a ti ni un segundo más. ¡Haz lo que sea! Pero, por favor, mátalo. No quiero sentir nada, salvo el contacto entre nuestros cuerpos y el estallido de cada orgasmo. El placer, es lo único que quiero sentir.