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miércoles, 17 de julio de 2019

#36

Ella se echó hacia atrás. Tenía un pedo de la leche y sólo podía ver su rostro entre las tinieblas de la noche. Un rostro que le hubiera gustado volver a ver de verdad, no en los recuerdos difusos de la noche y el alcohol. No había podido sacarlo de su cabeza y sabía que no podría.

Y allí estaba su rostro de nuevo, envuelto en las lágrimas que se asomaban de sus ojos; como si tuviera niebla que le rodease. Le echaba tanto de menos. Como el rizo que se le formaba en torno a los labios cuando hablaba o fumaba. Parecía tan absolutamente real que daba miedo.

–Estás aquí de nuevo –señaló ella–. Una nueva visión de lo perdido. ¡Qué gracia!
–¿De nuevo?
–Sí. Siempre te da por aparecer en mis momentos más sensibles.
–Creo que es la primera vez que vuelvo a verte desde entonces.

Se quedó perpleja ante la contestación de él. Su visión le había estado acosando tanto que no se daba cuenta de que él estaba allí de verdad.

–Tú… –ella no pudo evitar a echarse a llorar, mientras la gente la observaba esperando al autobús. Todos los sentimientos que creía rotos no podían evitar que se sintiesen florecer desde las entrañas de su cuerpo–. ¡Dioses, te he echado tanto de menos!

–Yo también lo he hecho –respondió él, acercándose despacio. Ella se puso de nuevo recta y se tiró sobre él con un abrazo; un abrazo que podría haber triturado espadas y traspasado escudos; un abrazo del que nadie podría separarla.

–Dioses, he querido escuchar eso tantas veces… He deseado tantas veces que estuvieses aquí, a mi lado. He deseado tantas veces volverte a ver, tocarte y verte sonreír. He echado de menos tu olor, tu tacto y hasta tu forma de caminar.

Se quedó callada porque se daba vergüenza. Se separó y no pudo evitar mirarle de nuevo, con el rostro lleno de alegría.

–He estado esperando a que tú dieses el paso, a que te acercases a mí…
–Yo he echado de menos pronunciar tu nombre.
–Hazlo. Di mi nombre.
–Raúl.

lunes, 9 de noviembre de 2015

#31

Estaba montado en aquel vagón de tren, mirando al andén; con la mirada perdida entre los paraguas que todos llevaban debido a la lluvia latigueante que no paraba de azotar a la ciudad. ¿Acaso se estaba vengando de mi marcha?
Entonces pensé en ella. Ella con un gorro rojo, ella con mi bufanda. ¿Volvería a verla con aquella sonrisa dibujada con exquisitez?

Volví a clavar la mirada en aquel trozo de cemento que se empapaba más con aquella tormenta. Con un relámpago, pude ver su figura; clavando sus ojos en mí, con ellos totalmente licuados, con su gorro rojo y mi bufanda al cuello. Estaba seria y yo sorprendido. ¿Qué hacía ella allí? ¿Por qué sabía cuál era mi tren? ¿Por qué no llevaba paraguas? Bajé del tren, aún le quedaba un cuarto de hora para salir de la estación.
—¿Qué haces aquí?
—Porque te ibas sin despedirte.
—Lo he hecho para no verte triste, tonta —le acaricié la mejilla y ella la agarró con fuerza. El cabello castaño se le empapaba bajo la cortina de agua, el gorro de lana se convertía de color rojo apagado y oscuro. Me atrajo hasta ella y me abrazó con fuerza, yo pasé mi mano por sus cabellos empapados—. Volveré antes de que te des cuenta, tontorrona.
Intentaba mostrar una actitud positiva para ella pero, dentro de mí, en lo más profundo de mi pecho, dolía cada latido; pobre corazón mío que sufre de mal de amores.
—Me da igual cuando vuelvas, sólo quiero que vuelvas.
—Prometo estar aquí antes de mayo. Mientras, lucha por nosotros, no dejes que tu corazón se canse de latir por mí.
—Sabes que no lo haré —me besó tierna y dulce, como siempre han sabido sus labios—. Sabes que tú eres cada latido que doy.
Entonces quise llevármela conmigo, sin importar nada de lo que me dijera la razón; quería meterla en cualquier lugar y llevármela. Sin embargo, sólo la abracé, estrechándola entre mis brazos con fuerza. No le dije nada más, las palabras sobraban entre nosotros, sólo la intensidad de nuestras miradas era necesaria. Mirarnos a los ojos y no olvidarnos de nuestros ojos; ojos avellanas que se clavaron en mi mente para no abandonarme nunca. Incluso, si ahora cierro los ojos, puedo verlos nítidamente a través de mis párpados; su juventud, su amor, su vigor y su fuerza.

Finalmente llegó el odiado pitido, el tren se marchaba y yo debía hacerlo; para bien o para mal. Mientras observaba sus lágrimas al otro lado del cristal, me prometí no volver a hacerla daño y volver lo antes posible. La quería. La quiero. La querré. A pesar de no haber cumplido la promesa que le hice.

martes, 7 de abril de 2015

Duermes a mi lado y escapa el huracán de mi pecho.

La primera noche que dormí a tu lado, fue casi de casualidad.
Tu compañero de cuarto te había robado la cama de matrimonio que tus padres habían comprado, quería quedar bien con mi amiga aunque no necesitaba nada de eso puesto que ella le tenía ganas desde el comienzo de la noche.
—¿Te molesto? —preguntando con cierta incomodidad por el hecho de que estábamos en una cama individual—. Si quieres puedo dormir en el sofá, no me importa.
—No seas tonto —respondiste con las cejas aún mostrando el enfado que te ocasionaba pensar en tu compañero en tus sábanas—. Tú solo mantente quietecito hasta que termine el estúpido de Alberto.

Pronto, tu respiración se fue tranquilizando y me abrazaste fuerte, quedándote tranquila en tu media cama. Me gustaba la sensación que sentía mientras me encontraba entre esos brazos, sintiendo tus pequeños senos a través de la camiseta de algodón.
—Oye, ¿estás despierta?
—Mmmmf... A medias, ¿qué pasa?
—Es que me has abrazado y ni siquiera sé cómo te llamas.
—Pfff —resoplaste a medio camino entre un bufido minino y resoplido de toro bravo—. ¿Y para qué quieres saberlo?
—Curiosidad.
—¿En serio? —arrugaste la nariz entre las tinieblas rotas por algunos faros de coches—. En fin. Hola, me llamo Saray. ¿Ahora puedes dejar de dar la tabarra?
La verdad es que fuiste tan borde que me dieron ganas de echarte de la cama y mandarte al sillón; menos mal que tenía más autocontrol que ahora.
—¿No tienes curiosidad por quién soy?
—El pibe que no me deja dormir ni aunque mañana tenga que madrugar.
—Realmente eres una bruta —respondí realmente frustrado, pensando que no te gustaba.
—A ver, quién eres —volviste a resoplar.
—Soy Mario.
—Bien, Mario, ahora creo que es momento de que me dejes dormir.
Me giré hacia a ti, acabando con la cara pegada a la tuya. Sin decir una sola palabra, me acerqué y planté un beso en los encarnados labios que posees. Nunca lo había hecho pero todo con tal de que te dieras cuenta de que realmente deseaba estar en esa cama, contigo.
—¡Vaya! Haber avisado, Mariete.

La segunda noche fue meses después de la primera, reencontrándonos en un bar cualquiera de la ciudad. Tú bailando el rock de Metallica, con las cadenas, la falda y el pelo rebotando con cada saltito. Eras hipnotizante.
—Hombre, si es doña Déjame-dormir-pibe.
—Buenas noches, Mario.
¡Vaya! Sabías mi nombre. ¡Menuda sorpresa!
—Pensaba que me llamarías de todo menos por mi nombre.
—Hombre —te encogiste de hombros—, después de besarme y quedarte dormido, es normal. Nunca me había pasado que alguien al que le gustase hiciera eso —te echaste a reír—. Esta noche no está Alberto, así que podremos dormir más cómodos.
—Pero si ni siquiera hemos estrenado la noche.
—Sin embargo, prefiero que estrenemos mis sábanas nuevas, ¿o no te gusta el plan?
¿Cómo iba a decir que no?
Dejé que tirases de mí fuera del bar, me arrastrases hasta la parada del nocturno más cercana, te devolví un beso que me diste en aquella parada, me diste caricias, abrazos y risas. Habías cambiado pero no me importaba porqué. Sólo te quería ahí conmigo. Disfruté de cada entrega que me dabas.

La tercera fue en el momento en que decidí que si no me querías para algo más que los polvos ocasionales que disfrutábamos. Cierto es que era jugarme a todo a nada pero estaba deseándolo. Deseaba escuchar de tus labios que aceptabas la apuesta de que te amaba.
Y así fue. Así fue cómo empecé a compartir contigo la misma cama pero que no siempre era la misma.

Porque contigo siempre se duerme mejor

domingo, 26 de octubre de 2014

#28

Abrí los ojos.
La luz que entraba entre las cortinas abiertas me molestó, lo cual hizo que la zona marrón de mis ojos fuera más grande de lo normal; ¿a quién se le había ocurrido la genial idea de no echar las cortinas?
Me giré y a mi lado, sin que le diese un rayo de sol pero igualmente radiante, estaba ella y hubiera dado cualquier cosa porque los minutos se parasen ahí, justo ahí. En ese momento entre los velados sueños y los ojos abiertos.
Mientras sus ojos se quedaban fijos en mí mientras el esbozo de una sonrisa más que sincera se preparaba para recibirme al nuevo día, besándome con sus ojos verdes llenos de un amor incondicional, de una frescura forestal y un halo de misterio. ¿Qué podía contener detrás de esos ojos?
Miles de pensamientos que, deseo y confío, sabía que eran para mí.
Da igual si desaparecía durante semanas, si volvía a estar entre mis brazos.
Es verdad que quería amarrarla, ponerle una cadena al cuello y atarla; todo para que fuera mía.
Hasta que, un día, mientras dormía; le puse una cadena al cuello; la cadena que llevaba mi inicial.
Por un momento pensé que se molestaría, sin embargo fue al revés: se despertó, me abrazó y me besó. Finalmente, susurró:
—Deseaba que lo hicieras. Lo deseaba con todas mis ganas. Deseaba ser totalmente tuya.

sábado, 29 de marzo de 2014

#26

Hacía mucho tiempo que había apuntado besar a alguien bajo la lluvia en la lista de tareas pendientes.
Allí frente a ella, estaba con la persona con la que había apuntado tantas cosas en aquel cuaderno: lista de tareas pendientes, diario, correos e, incluso, había pasado a limpio la carta recibida en Navidades.
A pesar de lo mucho que divagaba, ella sabía que él se encontraba frente a ella.
—¿Cuántas cosas has cumplido desde la última vez que hablamos?
—Hablamos ayer, Clara.
—Y yo que pensaba que habías venido a buscar novia —dice con una decepción aliviada.
—¡Qué va! Vine porque quería verte a ti.
—No digas eso, Víctor —tomó su mano para quitar hierro al asunto mientras sentía como su corazón se aceleraba ante las palabras que él le había dicho—. Vamos por aquí.
—¿Qué tal con tu novio?
Ella se encogió de hombros por toda respuesta.
Andaron cogidos de las manos durante un buen trecho, hasta una churrería de Atocha donde ella le convenció de parar.
—No están nada mal comparado con el precio.
Él sólo tres churros de la docena que habían pedido y justo cuando salieron, se puso a llover.
—Vamos o nos acatarraremos y no podremos disfrutar de tus últimos días aquí.
Pero, a pesar de lo que llovía, él la paró y acarició su cuello con moratones en él debida a las sesiones de placer que tenía con Carlos.
—¿Cómo te dejas hacer esto? —acarició su cuello con la punta de los dedos.
—Él es mi pareja. No puedo hacer nada más que acatar.
—Siempre has sido fuerte. No deberías dejarte hacer esto.
Ella se encogió de hombros e intentó seguir adelante pero la mano que agarraba su muñeca no le dejó seguir avanzando.
—¿Tú has cumplido algunas de las cosas que pusiste en la lista?
Ella negó con la cabeza gacha.
Entonces él la besó con ganas bajo la lluvia, cumpliendo uno de sus más deseados deseos.

martes, 26 de noviembre de 2013

#25

Ella estaba echada en la cama.
El alcohol le había afectado bastante, casi lo suficiente para solo soltar verdades.
Él se acercó a ella, se tumbó y acarició su rostro.
—¿Quieres algo?
—A ti —respondió parando su mano.
—Ya sabes que esto no va así —contestó él, levantándose de la cama y mirándola desde la esquina donde se había refugiado de los acusadores ojos dorados.
—¿Cuántas veces te vas a refugiar del amor? Ya sé que te hicieron daño —gritó ella al levantarse del colchón, haciendo que con su rabia las sábanas fueran al suelo. Unas preciosas sábanas de algodón en colores brillantes y coloridos—. ¿Te crees que a mí no?
Él se volteó con más miedo incluso. Ella se dispuso frente a él.
—¿Crees que no? —gritó ella y saltó por encima del colchón ahora desnudo. Cogió algo de los cajones y se lo enseñó—. ¿Crees que esta niña nació sintiendo que no era más que un trozo de carne?
Se acercó para mirar de cerca la foto. Era ella, de niña. Sonriente, de ojos miel y pelo castaño claro.
—A mí también me han roto y aquí sigo, poniendo todo el corazón en el asador para que alguien me lo rompa, para que alguien como tú me haga daño. Y seguiré poniéndolo porque deseo que el amor llegue a mi vida a pesar de lo que duele.

lunes, 25 de noviembre de 2013

#24

Estaba en la barra.
OneRepublic empezó a sonar.
Mi mente dejó de ver oscuridad cuando la bola de discoteca empezó a lanzar destellos a cualquier esquina de la discoteca. Me giré hacia la pista de baile. Muchas parejas desperdigadas bailando como si no hubiera un mañana. Pensé que yo sobraba entre todas aquellas parejitas... Pero ella tomó mi mano, su pelo morado cambiaba de tonalidad según el reflejo de la bola de cristal.
La miré fijamente y en ella descubrí unos infinitos ojos verdes que se extendían más allá de su cabeza, de los nervios ópticos hasta su alma, donde pude ver la libertad reflejada en sus pupilas; una libertad que deseaba enjaular en el borde finito de mi cuerpo.
—¡Vamos! —me indicó con una sonrisa—. ¡No deberíamos perdernos la mejor parte de la canción!
—¡¿Es aquella en el que la batería da lo mejor de sí?!
Se encogió de hombros.
—¡¿Me vas a dejar con la duda toda la noche?!
Negó con una sonrisa pícara.
Cuando un poco de luz le dio de pleno, me di cuenta de que no tenía piel perfecta, que la raya se había corrido bastante y que el pintalabios rojo estaba desgastado. ¿Se habría besado con otra? Agarré un mechón de pelo violeta y lo entrelacé entre mis dedos.
No, no era perfecta pero estaba allí, animándome en una noche que lo necesitaba.
Notó que la miraba y volvió a vestir la sonrisa pícara con el piercing en el centro del labio; bailando delante de mí, disfrutando de cada vez que mi mirada se posaba en algún punto de su anatomía. Por fin me atreví a poner las manos sobre su cintura, moviéndome como mi nulo sentido del ritmo me permitía con más de un par de copas de más.
De pronto, el ritmo de la canción se hizo más rápido para que llegase el estribillo. La oí tararearlo cerca de mi oído, haciéndome sonreír.
—If I lose myself tonight... -cantaba y cuando iba a seguir, me besó, dejando mis pulmones sin aire. Llenándolos con su cálido aliento. Sentí algo que dentro de mí se estremecía, como si perdiera fuerza en mis piernas y en mis músculos.
—Si me pierdo esta noche, quiero que sea contigo —me confió en un susurro cerca de mis labios al soltarse del que fue un beso renovador de energía.
Yo también quería perderme con ella, entre los mechones de su pelo morado, en los rincones de sus labios y mordisquear el piercing que había en ellos. Quería hacerla mía esta noche y, posiblemente, mañana también.

domingo, 6 de octubre de 2013

#22

Sonaba ‘Falling In Pieces’ en un pub cualquiera. No recuerdo muy bien dónde era. Hacía muchísimo tiempo que me había perdido por la galaxia castaña que eran sus ojos.
Sí. Me había perdido en ellos a partir del mismo segundo en el que observé su mirada con atención.
Había caído bajo el embrujo de las espirales y surcos del color del chocolate. Y diréis: Sus ojos son los que tiene todo el mundo.
Me da igual que tuviera los ojos más normales del mundo.
El caso, es que iba con más alcohol del que debía haber ingerido y dije lo que menos se puede decir a una persona a la que acabas de conocer:
—Me he perdido.
—¿Dónde? —me mira mientras alza su ceja derecha.
—En la conversación... —bajo la copa a la barra—. Me he perdido desde el mismo momento en que he posado mi mirada en tus irises de color avellana.
—Venga ya, ñaja, deja de fumar porros.
—Es cierto —replico de forma insistente—. ¿Por qué no me crees?
—Porque no puedo decirte que yo también me he perdido en tu bosque interior, en esos ojos que me llevan a otras épocas...
—¿Y por qué no?
—Porque no quiero volver a romperte —baja la mirada a la copa, entrelazando los dedos de sus manos.
Bajo la mirada unos instantes y luego vuelvo a fijar mi mirada en él y su pelo revoltoso y castaño claro. Me levanto y le comento:
—¿Quieres otra copa? —cogiendo su vaso y el mío.
—Claro —responde, siendo más un suspiro que una respuesta.
Pedí lo mismo para ambos, un Daniels' solo con muchos hielos en la copa. Me acerqué a nuestro trozo de barra y, sin pensarlo, cuando me agradeció la copa, le besé.
Sin más.
No podría decir si era bueno o malo, sólo puedo decir que me gustó, me gustó mucho y mi saltó del pecho para perderse entre las notas de una canción de amor cualquiera, que en aquel momento empezaba a sonar.

martes, 23 de julio de 2013

#20

Estoy en la parada del autobús, totalmente preparada para su viaje a Madrid. Pronto abandonaría aquel pueblo perdido donde he vivido toda la vida pero necesito huir. A mi lado, una pequeña maleta de color mandarina gastado, un poco abollada y unos cuantos golpes más.
Me siento en uno de los asientos de plástico duro, azul oscuro; soñando, pensando y liberando mi mente mientras espero a aquel autobús que me llevará lejos de aquí.

Pero, divagando, recuerdo qué es lo que me hace huir de aquella manera tan precipitada y tan apresurada.
—Fede, ven un momento —la idiota de Sara llamaba al chico más guapo de la clase. Además, en plena fiesta de final de curso. Acabábamos de graduarnos en el bachiller y yo había escogido una universidad cerca de casa para volver siempre que pudiera. Sara, con su voz de terciopelo barato, su pelo rubio platino y aquel vestido ceñido, escotado y de color rojo, todo conjuntado con unos taconazos altísimos y de aguja. Ella y su esplendorosa y exuberante belleza. Yo no podía competir contra alguien tan maravillosamente parecida a una estrella del pop estadounidense; y si le había llamado era porque quería salir con él en el verano y él le diría que sí. ¿Quién le diría que no?
La escena me la sabía de memoria porque siempre era la misma desde que Sara había comenzado a salir con chicos.
Fede la miró y la sonrió, le hizo una señal de que hablarían después y a mí se me cayó el alma a pedazos; sin embargo aguanté la compostura y me obligué a quedarme hasta el final de la fiesta sin llorar, sin derramar una gota de agua. Me acerqué a Sara:
—¿Vas a salir con Fede?
—Claro —dijo encogiéndose de hombros—. Es muy guapo y alguien como yo se merece un novio guapo —apreté los puños para no cogerla de los pelos y arrancarle mechones de pelo con las manos.
—Pero estabas saliendo con Carlos.
—Ya —hizo un mohín de indiferencia. ¿O era de asco?—. Pero Carlos comenzó a engordar y ya no me molaba nada salir con él —no sé por qué pero me sorprendí de su respuesta, abriendo la boca sin querer. Además de facilona, coqueta y estúpida, era superficial. Antes me caía mal pero entonces aún más.
Cuando el reloj tocó las doce de la media noche, Sara tomó la mano de Fede y se le llevó a un cuarto aparte y, en ese mismo instante, yo estaba saliendo por la puerta.
A la mañana siguiente, abordé a mi madre.
—Mamá —comencé mientras desayunábamos—, quiero ir a estudiar a la Universidad Autónoma de Madrid.
—¿Y por qué a Madrid? —dejó su café sin tocar y me miró fijamente—. ¿No habíamos quedado en la Universidad de Salamanca?
—Mamá, es mi futuro. Quiero ir a una buena universidad para poder trabajar en un mañana.
—Vale —dijo con un tono un tanto triste. Recogió el plato de tostadas y la taza de café—. ¿Tendré que ir contigo?
—No —terminé mi colacao—. Ya buscaré yo sola piso o residencia y demás —me levanté y fregué los cacharros que había en la pila. Empecé a empacar y empaquetar cosas. Solo lo imprescindible.
—Por cierto, cielo, tienes que hacer la matrícula.
Se me había olvidado por completo aquel pequeño obstáculo. Terminé de meter camisetas y jerséis, busqué por internet cómo hacer la matrícula y entregarla.

Y aquí estoy, esperando a un autobús que me llevará lejos de mi familia, de mi hogar, de esta mierda de pueblo y de la parejita.
Cuando el autobús empieza a acercarse yo me levanto de los asientos duros que me han dejado el culo hecho un cristo. Voy a coger mi maleta cuando alguien grita.
—Espérame; voy contigo.
—Tú estás con Sara —le grito enfurecida—. Déjame en paz.
—Espérame; quiero ir contigo —esa frase me hace girarme hacia él y verle con una maleta plateada, bajando corriendo por la cuesta que lleva hacia la parada. Se para a mi lado mientras yo paro el autobús y susurra en mi oído—. Te quiero.

domingo, 21 de julio de 2013

#18

Estábamos tan bien. Todavía sigo sin entender por qué se fue.
Llegué de la universidad cansado pero advertí que sus cosas no estaban desperdigadas por la habitación, el escritorio del siglo XVIII, con la madera tan hecha polvo que podría resquebrajarse en cualquier momento, no estaba su diario ni el papel para cartas. Lo único que llenaba la habitación eran los regalos que le hice en su día.
Aún recuerdo el día en que la conocí. Ella iba a ser mi compañera en aquel piso de dos habitaciones, cocina estrecha con barra americana y pequeño salón que estaba lleno por un sofá a rayas de color beige, un sillón a juego y una tele de 40 pulgadas. El casero me enseñó la que sería mi habitación durante dos años y me llevó al salón para darme una copia de las llaves. La televisión estaba encendida y en el sofá había una chica sentada, fumando.
Pero, ¿qué ye ha hecho ya?
—Ella es tu compañera —me informó el casero y se marchó, dejándome con la desconocida y las llaves con un llavero cutre del Caja Madrid.
—Hola —me acerqué a ella y extendí el brazo—. Soy Eric.
Ella no pestañeó, sus ojos marrones y acuosos ni siquiera apartaron la mirada del programa que estaba viendo.
—Yo soy Erika —respondió indiferente—. Ahora deja de molestar, ¿no ves que estoy viendo la tele?
Me sentó bastante mal que su saludo fuese así, por ello pasaba el mayor tiempo posible fuera del piso, aparte de que ella tenía un chico al que invitaba todas las noches.
Con el paso de los meses, dejó de molestarme. Sabía qué días podía entrar sin miedo a casa y cuales oiría la algarabia que formaban cuando follaban.
No hacíamos nada juntos y eso, a veces, me sentaba fatal porque yo solía tener una vida familiar, no muy plena pero sí sentarnos juntos a la mesa y comentar las cosas. Vivir con ella era vivir con soledad.
Casi medio año después, el chico dejó de venir a casa.
Un día, que me levanté tarde y tenía examen, se me plantó delante de mí y me dijo:
—Perdona que haya estado tan fría estos meses —se agarró el brazo, nerviosa—. No llevaba muy bien la relación con mi chico y...
—Pues no lo parecía —estaba de mal humor y lo que menos quería era pararme a hablar de ella, una mujer que había pasado de mí completamente durante casi seis meses.
—Pues así era —me miró fijamente con los acuosos ojos térreos—. El sexo estaba muy bien pero la pareja en sí se iba al traste.
—Mira, Erika, tengo un examen y ya llego bastante tarde.
—Bueno, perdona... —su voz se desgarró en un pequeño gemido que me hizo darme cuenta de que no estaba bien. Le alcé la barbilla.
—Perdona es que llego tarde y...
—Sí, debes marcharte —pero ya no podía marcharme. Entre que era pequeñita, esas trenzas cortas, negras y los ojos aún más acuosos, veía una niña desválida y que necesitaba que la cuidasen. Pero cuando yo me había tranquilizado, ella me dejó marchar.
Me pasé la mayor parte del examen pensando en cómo compensar lo que había hecho a Erika pero también me centré en la hoja que tenía delante. No podía defraudar a mis padre que esperaban que algún día yo fuera odontólogo.
Cuando llegué a casa, ella estaba en el sillón con un jersey gris perla que le dejaba el hombro al descubierto, de espaldas; me acerqué a ella para disculparme pero dormía, aunque se le notaba que había llorado. Entonces me fijé que lo que tenía en la nuca: unas alas de ángel. Las toqué porque me parecían tan reales que podría decirse que ella era un ángel.
—¿Qué haces? —preguntó somnolienta, mirándome desde el sillón, ladeando su cabeza.
—Tocar tus alas —se volvió del todo, se apoyó en el respaldo del sofá y, después de unos minutos así, me sonrío y me besó. La miré, totalmente estupefacto.
—Nadie antes había tocado mis alas —me comentó con una sonrisa entre los labios. Entonces, no sé qué sentí sin embargo me acerqué y la volví a besar. Ella me correspondió, pasando sus manos por mi nuca, acariciando los mechones que se peleaban por querer estar entre sus dedos. Bajó una de las manos desde la nuca hacia la espalda, que se puso como si fuera piel de gallina, siguió bajando mientras apartaba la mano de  la nuca y levantaba la camiseta.
—¿Qué quieres hacerme? —bromeé.
—Hacerte mío, Eric —se alejó de mí—. ¿O no quieres?
Asentí y me acerqué a ella, levanté su jersey y besé sus pezones, ella me quitó la camiseta como pudo y no dejó de besarme mientras quitaba los botones de los pantalones y me ayudó a quitarlos, dejándolos en el suelo.
—Erika.
—Dime —susurró en mi oído, lo que me excitó aún más.
—No quiero que pienses que esto es solo esta noche...
—Cállate —me besó los labios y mordió mi cuello, bajó por mi cuerpo hasta meter en su boca mi pene pero, volvió a subir demasiado rápido, empalándose con él; haciéndome disfrutar de cada movimiento. Se movía, se retorcía sobre mí, cada vez más excitada, gritando y besándome, siempre atenta. Cuando sentí que ella tenía un orgasmo, me corrí.
Cuando todo terminó me dormí.
Al día siguiente, me levanté y ella ya no estaba. Y me dejó solo con la frialdad de un piso para mí solo, sin sus cosas.

jueves, 18 de julio de 2013

#15

—Damián.
—Dime.
—¿Y si jugáramos a algo?
—Pero, ¿tanto te aburre conmigo?
—No, sólo quiero ponerte a prueba —yo estoy tumbada, con los pies apoyados en la pared y con la cabeza colgando del lado izquierdo de la cama y él, a mi lado, sentado en la alfombra, apoyando la espalda en los cajones de debajo de la cama—. ¿Qué te parece?
—Bueno —consiente—. Mientras no sean preguntas trampa aunque no tengo mucho que esconder. Siempre te lo he contado todo.
—Parecemos los mejores amigos de la historia —mi corazón palpita fuerte, que late rápido como el viento. Realmente, quiero ser algo más que una amiga—. ¿Con quién te llevas mejor que conmigo? ¿Te sientes mejor con cualquiera que conmigo?
—¿Éste juego no va de una en una? —bromea y ríe. Le miro fijamente y sonrío.
—Ya bueno...
—Sólo voy a responder a una —hincha los mofletes, como hacen en los animes. Yo asiento y dejo que elija la que quiera responder—. Pues tú eres mi mejor amiga, ¿con quién me podría llevar mejor? —algo en mi corazón da un vuelco y me deja destrozada. Después de una pausa incómoda—. Me toca.
—¿Con quién la perdiste?
Me pongo a la defensiva, en parte porque no voy a responderla, en parte porque no la he perdido aún.
—Bueno, bueno —intenta relajarme—. ¿Te sientes bien a mi lado?
—Pues claro que sí —le doy un pequeño golpe en el brazo—. ¿Cambiarías por la chica que te gusta?
Tarda mucho en responder, mi pecho baja y sube rápidamente, dejándome con una opresión en el pecho, poniéndome aún más nerviosa.
—Sí, creo que cambiaría por una chica —alza los ojos al cielo—. ¿Y tú?
—Si le gusto como soy o como visto bien, sino que aguante.
—Así que no cambiarías por mí.
—¿No te gusto como soy? —una parte de mí, se despierta y el aleteo de unas mariposas en el estómago; mi parte rebelde se cabrea por su comentario.
—No. Me gustaría que sonrieras más.

viernes, 12 de julio de 2013

#9

Miró a la calle. Estaba lloviendo y la vi, tan melancólica.
—¿Qué te ocurre, Lexy?
—¿Volveré a probar lo que es eso?
Había llegado hace poco, nadie se habitúa ser el Cupido de todo el mundo, a ver como las flechas que lanzas se convierten en preciosas historias de amor pero es tu cometido cuando acabas como la Julieta de Shakespeare. Las gentes que se han suicidado por amor suelen acabar haciendo de Cupido. ¡Qué irónico todo!
—Nadie lo sabe.
Últimamente empezaban a despedir Cupidos y no porque haya crisis sino porque somos demasiados. Yo hace unos 400 años que no veo a Cleopatra. Quizá fue enviada a donde fuera que nos envían después de esto.
El caso es que Lexy había llegado hacía demasiado poco. Llevaba una camiseta de tirantes blanca, unos pantalones cortos un poco por encima de la rodilla y unas botas militares. Al poco de llegar, le empezaron a crecer las alas.
—Me pica la espalda.
—No te rasques.
—¿Por qué?
—Tus alas empiezan a emanar —la miré con cara seria—. Si ellas no emanan nunca podrás ser Cupido y jubilarte.
El caso es que un día, estando de caza, se rascó tanto que la punta de una pluma emanó.
—Mira —dijo mostrándome la pluma cubierta de sangre.
—Una pluma de tus alas —respondí mirándola y añadí—. No vuelvas a rascarte. Déjalas que florezcan.
Asintió. Un par de días después tenía dos pequeñas alas a la espalda. Eran unas alas muy bellas, como lo fueron las mías en su día.
—B.
—Dime —respondí mientras hacíamos las flechas.
—¿No te gustaría sentirlo de nuevo?
—Claro que no, Lexy —respondí. Me instó a que explicase mi negativa—. Sencillamente, mientras fui humana me rechazaron. ¿Cómo crees que acabé aquí? Estoy cumpliendo la peor cadena perpetua de la historia.
—Tienes razón. No mola mucho el crear parejas mientras tú no has tenido ninguna que disfrutar.
—¿Y tú por qué lo hiciste si te gustaba tanto?
—Porque, en aquel entonces, jugaban conmigo.
No podía imaginar a nadie jugando con una chica tan guapa. Conmigo era fácil porque me hacía ilusiones, porque era un chica fácil que le encantaba amar pero que nunca fue correspondida por razones físicas. Pero ella con su delgadez, con sus perfecciones mejores que las mías...
—Mejor no hablar de ello —respondió ella.
—Imagino.
La enseñé todo lo que debía hacer. Aprender a lanzar las flechas y no fallar, a saber dónde es el mejor sitio donde crear parejas, saber qué flechas sirven para una relación larga y cuáles para una relación de una noche. Y cuando aprendió, la dejé de caza a ella sola. Tenía su distrito, colindante al mío, el cual me costó mucho conseguir.
Siempre que yo no tenía mucho que hacer la vigilaba. Había trabado con ella una amistad rara que nunca había hecho con ninguna anterior a ella y eso hacía que me preocupase más de la cuenta.
Meses después de conseguir su distrito, empezó a actuar de forma rara, paseaba por las calles de su trozo de Londres sin tareas que hacer, no le preocupaba nada. Por las noches se dedicaba a rondar por una cafetería y empecé a notar una predilección por un humano. Se sentaba frente a él, le miraba a los ojos y sonreía.
No dije nada porque sabía que si yo me enteraba, tendría que decírselo al superior.
Lo que menos me imaginaba es que desembocaría en esto.
Lexy empezó realizar su trabajo pero sin nunca flechar al chico ese. Siempre era lo mismo, paseaba entre las discotecas regalando puñaladas de amor de una sola noche y luego, a las 9 volvía a la cafetería donde aquel muchacho pasaba la gran mayoría de sus horas. Tanto empecé a preocuparme por Lexy que descuidé mi distrito.
—B, nunca te había pasado esto. ¿Qué ocurre?
Miré al superior y sonreí.
—Una mala racha.
—Si necesitas ayuda, pídesela a Lexy o a V.
Él sabía que nunca lo haría pero Eros siempre es insistente. Llegué a mis distrito y me puse a trabajar.
Solamente vigilaré a Lexy por la noche.
Mi determinación nunca llegó a buen puerto. Vi como el estado de Lexy iba empeorando y lo vi con toda certeza, el amor la estaba llegando. Que yo supiera, nunca había pasado. Pero no lo sabía con seguridad. Empecé a pensar en decírselo a Eros, que quizá podría ayudarla pero no me di cuenta de su verdadero estado y una noche, nos encontramos.
—Quizá vuelva a sentirlo —dijo con alegría en el tono de voz.
Esa misma noche, Lexy se clavó a sí misma una flecha de amor, amor de verdad. ¿Qué hice? Llamé la atención del chico antes de que nadie más se diese cuenta, quité las alas a Lexy y él la vio. Supe que se había enamorado de ella por la flecha que ella se había clavado a sí misma.
—Eres un ángel.
—Y tú el mío.
Desde ese día, envidié a Lexy. Pero esas cosas solo les pasan a las guapas, me repito siempre a mí misma. Ahora yo ocupo mi distrito y el de Lexy y la veo feliz, recorriendo el barrio de la mano de aquel chico.
—Bullet.
—Dime, Violence.
—No les envidies.
—Sí lo hago. Lo he vivido de cerca y sé cuanto sufrió y durante cuánto tiempo.
—Bullet, nadie haría eso que hiciste por ella.
—Quizá —respondo con un hilo de voz triste—. Pero llevo demasiados años en esto. Ya no me enamoraré.
—B.
—¿Sí, jefe?
—Tendrás una nueva aprendiz.
—Claro.
Todo empieza de nuevo. Una nueva aprendiz, nuevo nombre, nuevas pintas. Viejos consejos, viejas enseñanzas, viejas regañinas. Nova sperentia!

martes, 9 de julio de 2013

#7

Layla siempre le mira. Da igual donde se pose su mirada, dos segundos después está sobre Tsumi, un japonés mestizo de ojos negros y pelo castaño claro.
—¿Seguro que no estás cansado?
—¿Cuántas veces me vas a preguntar eso? —responde él. Ella pone cara de enfado infantil y se cruza de brazos, siguiendo con sus andares. Los dos saben que está fingiendo, que ella solo quiere un  poco de su atención, que quiere que la hable—. Perdona.
Se acerca a ella y la abraza por detrás, depositando un beso en su nuca. La piel de Layla se eriza y ella se pone roja. Es la primera vez que él hace algo así.
—M-mira esto —Layla intenta cambiar de tema y que Tsumi no le mire los coloretes que se han enganchado a sus mejillas. Nunca le ha gustado mostrar debilidad por nadie y menos cuando sabe que él no va a corresponderla. Que la mima y la cuida sin razón aparente. Layla no sabe cuántas veces le ha rondado por la cabeza el porqué de su entusiasmo hacia ella. No es para nada guapa, ni sexy, ni siquiera tiene una personalidad muy para allá.
¿Por qué? ¿Por qué estará conmigo?
Le mira de reojo y, entonces, se fija en los zapatos que tiene delante.
—¡Qué preciosidad!
—¿Te gustan?
Asiente y le mira sonriente. Entra en la tienda, se acerca a la dependiente, le dice un par de cosas y sale con una bolsa de papel y una caja dentro.
—Toma.
—¿Por qué?
—Es lo que querías —se lo tiende y ella lo coge. Se agacha, saca la caja y los mira. Son tan bonitos y tan impropios de ella...
—Pero no hacía falta —le responde ella mientras se quita las deportivas y se pone los zapatos nuevos. Mete las deportivas y se levanta con sus Nana Rock Horsing—. Gracias, Tsumi.
La besa de improviso y ella, por la emoción, se le escapa la pregunta de su boca:
—¿Por qué te fijaste en mí?
—Porque eres adorable y tierna —mete mano por debajo de su jersey oscuro y toca su pecho, acariciándolo con fruición y ella se da cuenta de que siempre serán lo mismo; de que no debería amarle ni gustarle. Solo un par de cuerpos en una cama dándose placer. Le sonríe y finge que está bien.

Siempre acabo en su cama.
Se da media vuelta sobre sí misma, dándole la espalda a él. Él aprovecha para acariciar cada trozo de su piel, uniendo los lunares de su espalda con la punta del dedo índice. Sonriendo ante los pequeños espasmos que su piel cálida provocan en el cuerpo de ella. Le encanta que esté así de vulnerable con él.
Posiblemente jamás la ame pero le encanta verla allí, estirada para él; haciéndola el amor, que ella se ponga encima y verla disfrutar con cada movimiento. Posiblemente no tenga un cuerpo de infarto ni sea guapa pero siente que ella le da algo; no sabe qué pero algo le da.
—¿Te gusta?
—¿El qué?
—Que te acaricie la espalda.
—Me gusta que me mimes —se muerde el labio para no decir más gilipolleces. ¿Por qué soy tan estúpida? ¿Por qué creo que algún día me dará su corazón?
Pero sabe que su ex tenía razón: "El corazón siempre pide más. Es muy codicioso y, tarde o temprano, te pedirá más."
Le gustaría que ese muchacho no tuviera razón, que su corazón no pidiese nada más pero es que ella es así de idiota. Siempre se enamora de los que nunca le darán nada. Él se acerca a ella y ella nota su respiración moviendo sus cabellos; ella se vuelve y esconde la tristeza y las estupideces.
—Layla.
—¿Sí?
Besa sus labios con pasión mientras toquetea su entrepierna.
—Tengo ganas de más.
Y las ilusiones de su mente se vuelven a romper. Un estallido en su cabeza pero aguanta y se pone sobre él para seguir haciéndole disfrutar. Sube y baja mientras intenta que el tabique de sus lágrimas no se rompa. Sube la mirada al techo cuando siente que no puede aguantar las lágrimas y llora en silencio, simulando gemidos. Cuando no aguanta más mirando al gotelé, baja al lado de su cuello y deja que las lágrimas derramen la almohada.
—Me voy a correr.
Ella mantiene el tipo y se pone arriba, mirando al techo mientras se limpia las lágrimas.
—¿Te hago daño?
—No —miente; la erección de él no es lo que duele. El joven se acaba corriendo mientras ella cae sobre él, quitándose de encima y tirándose a un lado de la enorme cama. Tsumi le da un cachete en el culo y se lo muerde. Ella anima el rostro.
Habrá que aguantar, ¿no?

Los gemidos de placer se escapan de la habitación cerrada. Unos gemidos son falsos, otros verdaderos. Ella vuelve a echar la mirada hacia arriba. Escondiendo su dolor.
Pero todo cambia cuando él la vuelca y la mira a los ojos mientras está encima.
—¿Estás bien?
—¿A ti qué te parece? —dice ella mientras limpia las gotas saladas.
—¿Te he hecho daño? —le mira preocupado.
—No.
—¿Entonces?
—Nada —responde Layla con seguridad.
—Dímelo —besa su cuello con ternura.
Nunca vas a mirarme como quiero que me mires. Y hace tiempo que lo sé.
Cambia su posición y ella se pone encima. Se eleva y se levanta delante de las narices de Tsumi, que le mira sorprendido y sonríe ante su mirado confusa.
—Lo siento —dice ella riendo.
—¿Por qué? ¿De qué te ríes?
—¿Te acuerdas de lo que nos prometimos?
—Nada de ataduras —él se echa un mechón por detrás de la oreja y la mira, recomponiendo la cara—. Pero, ¿qué tiene que ver con lo que pasa ahora?
—No aguanto más —responde Layla, dejando que sus sentimientos fluyan hacia fuera de su corazón y estalla en un huracán de sentimientos que no serán correspondidos y ella lo sabe—. He aguantado meses enteros y no puedo más.
—¿Qué ocurre?
—Me he enamorado de ti —lanza a su cara, que le taladra con su profundidad—. Lo he hecho. Me he pillado, me he enamorado, siento mariposas en el estómago mientras estoy contigo —luego le mira y frunce el ceño—. Sé que tú no querrás nada conmigo porque es lo que haces con todas. Y conmigo menos porque no estoy buena, porque no soy guapa, porque no tengo una gran personalidad.
—Pero eres tierna y dulce, adorable y gentil, eres alegre y me animas.
—¿Cómo puedo animarte a ti si soy yo la que siempre se raya?
—Porque esto ya lo sabía. Se te nota en la cara —le dice sonriendo, con esa cara de bobo que a ella le encanta —, se te nota en los gestos, en la forma de besar. ¡En todo!
Layla siente ganas de gritar. Odia que se le note todo. Pero las ganas de gritar se le pasan y las lágrimas se quedan en sus ojos, haciendo de dique.
—¿Por qué?
Las limpia y besa los labios de ella, acariciando los mechones de su pelo.
—Siento no poder quererte como quisieras pero hace mucho que maté al amor dentro de mí y estos son los únicos restos que podría darte.
—Dámelos —Tsumi le mira con intensidad, sorprendido. Los ojos miel de ella le miran seguros y vivaces—. Aunque sean restos, dámelos.
—No sabes lo que dices Layla. No se... —ella le interrumpe con un beso y acaricia su pelo claro. Él no la separa, sabe que es demasiado cabezota; la muchacha profundiza en su beso y agarra su espalda con las uñas. Por fin, el muchacho la aleja de sí y la mira—. No puedo dejar que hagas esto. No puedes perderte mil cosas por mí. No voy a amarte ni voy a darte esos restos.
Ella baja la mirada y las lágrimas vuelven a fluir. Él tiene ganas de abrazarla, de hacerla olvidar esos sentimientos, abrazarla con fuerza y besar su frente. También desearía ser capaz de amar a alguien para no hacerla pasar por ese dolor.
—Lo siento, Layla.
—No importa —se limpia las lágrimas, se levanta de la cama y se viste—. Ya nos veremos.
—¿A dónde vas? —pregunta él mientras ve como sube sus braguitas de encaje negro y se pone el sujetador a juego. Algo en su entrepierna arde pero sabe que no debería hacerlo. No debería pensar en eso ahora mismo. No quiere hacerla más daño. Layla sigue poniéndose los vaqueros, la camiseta, las deportivas y la sudadera verde—. Layla, escúchame.
—No hace falta —sonríe con tristeza—. Todo es mi culpa. Tenías razón. No podía encariñarme contigo. Tú eres un hombre callejero. No le perteneces a ninguna mujer. Siento mucho tener que dejarte a medias —se vuelve a él—. Es hora de que te busques a otra.
Él abre los ojos sorprendido. Se queda paralizado ante su petición, incapaz de moverse al verla marchar por última vez. Ella cierra la puerta y le replica:
—Algún día te enamorarás de alguien. Espero que esa persona capaz de aceptarte porque sino me enfadaré mucho.
Vuelve a ser ella. La chica que le anima y le sonríe sin medidas.
—Hasta cuando me desenamore —exclama mientras da un portazo.
De pronto, se siente vacío y solo. Siente como si hubiera perdido un trozo importante de sí mismo.
Sé que no la amo pero...
Una parte de él quiere correr detrás de ella, detenerla y meterla en su cama de nuevo; que le sonría con su sonrisa desviada, de paletos separados y sus ojos sigan brillando como antorchas. Pero sabe que no puede hacer eso si no puede darle lo que ella pide.
Te voy a echar de menos Layla.

Layla recorre con la mirada la casa antes de marcharse. Recuerdos que para ella, posiblemente, sean los mejores pero sabe que entre esas paredes hay más que los recuerdos de ella.
—También están impregnadas de las otras —pero aún así no deja de sonreír ni por un segundo.
Recuerda cada mínimo recuerdo, abre la puerta y cierra de un portazo y se derrumba; se derrumba mientras espera a que suba el ascensor. Pega la espalda a la pared y se deja llevar por la gravedad. Cae derrumbada y comienza a llorar.
Llora porque va a echar de menos todo: las risas de él, el sabor de sus labios, las idioteces en su cuarto.
—Idiota, idiota, idiota.
El arrullo de sus propias lágrimas. Sentir que todo por lo que ha luchado le es imposible.

Dos años después, no sabe qué ha sido de él. Se pregunta si habrá conseguido ser feliz y enamorarse de alguien.
Bah, da igual.
Aparta esos pensamientos de ella. Y sonríe al próximo cliente.
—Buenas tardes —mira al desconocido—. ¿Tiene tarjeta de socio?
Coge el artículo y lo mira.
—Precioso libro —comenta cuando ve que el título es Orgullo y Prejuicio. El hombre no comenta nada, entrega la tarjeta de socio y ella le hace el descuento—. ¿Es para su mujer?
Vuelve a alzar la vista, sonriendo.
—No es para mi mujer, es para ti.
¿Cómo iba a reconocerle? Se ha cortado el pelo largo y rubio, sus ojos ya no tienen la oscuridad de antes. Layla abre la boca y le pide a una compañera que la sustituya dos minutos, sale con él fuera de la tienda.
—¿Qué haces por aquí?
—Regalarte algo.
—¿Por qué? —puede que verle le haya sido una grata sorpresa pero también le cabrea, le hace sentir que sigue unida a él y que podría caer en sus garras otra vez.
—Por todo. Nunca te regalé nada.
Coge el libro y lo ata a ella.
—¿Por fin te has enamorado?
—Por ahora no y mejor así —ella asiente—. Pero echo de menos cosas.
—¿Como qué?
—Como tú y yo disfrutando del placer de una cama.
—Creo que no voy a volver a eso.
—¿Por qué? ¿Acaso no lo disfrutabas?
A ella se le encienden las mejillas al recordar todas esas noches.
—No es por eso.
—¿Entonces?
—Que sigo queriéndote y siento ser egoísta pero no voy a volver a hacerme daño a mí misma.
Él la besa con cariño, ¿con amor?
—Vuelve cuanto antes porque te extraño.

domingo, 7 de julio de 2013

#5

Se besaron. Bueno, más bien, ella le besó a él. Y el mundo se paró. No se podía oír a la gente, ni el ruido de las maletas, ni el traqueteo de los trenes que salían. Él abrió los ojos y la miro. Nunca hubiera esperado algo tan lanzado de alguien como ella, tímida y reservada, poco dada a hacer locuras. Por fin se separaron y ella le miró dulce.
—No vas a coger el tren.
Él se quedó mirándola como si fuese de otro planeta.
—Venga, corre.
Ella se echó atrás y dejó paso para él y su pequeña maleta plateada.
—Sí —respondió él secamente.
Eran las 7:28 de un lunes cualquiera, en una estación de tren de Madrid. La gente se aglomeraba y buscaba su manera de poder ir a su trabajo.
Eran las 7:48 de un  lunes cualquiera, en una estación de tren de Madrid. Ella paseaba por Madrid con el alma decaída. No había conseguido llegar a tiempo así que se consolaba pensando que eso había ocurrido. El beso era su invención, aún sabiendo que él jamás la correspondería. Y lo sabía. Pero prefería juguetear con la idea de que algún día le tendría.

viernes, 5 de julio de 2013

#3

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¿Querías saber dónde te había escondido? ¿Dónde crees?
Sí, entre las costillas. Escondido al fondo profundo de mi pecho en el que nadie sea capaz de alcanzarte. Allí para que veas hasta donde llega mi pasión y mi amor por ti, que te escondo como un tesoro.
Puedes ir y venir a tus anchas. Sentir que nada existe y que todo es real. Mi corazón es tu casa y mi pecho tu jardín, recórrelo. Vete a cazar mariposas a mi estómago, colúmpiate en las últimas costillas flotantes, quédate durmiendo en mis clavículas. Intenta escapar por el ombligo. Pero, si te escapas, no vuelvas a entrar.

miércoles, 3 de julio de 2013

#1

—¿Y qué podría decirte, si no me escuchas? Te quedas mirándome en silencio mientras sigo fingiendo que todo está bien —le mira, mientras él sigue en su silencio eterno—. ¿Cómo hemos acabado así? ¿Qué nos mató? Bueno, no a nosotros, sino a nuestra relación. Creo que fue el sentir que seguir juntos durante toda una vida nos empezó a hacer sentir inútiles. Y sí, te quiero, te quiero tanto que daría mi vida por ti. Pero no para desperdiciar mi vida, lapidada en una relación que no quieres conservar, que nos hace sentirnos fuera de órbita. Sé que ya no podemos ser como al principio, que los sentimientos cambian, que la libertad nos llama por el nombre y que hay otras cosas que queremos experimentar.
—Pero, ¿de verdad crees que quiero experimentarlas con otra mujer que no sea contigo?